El estrés térmico también afecta al comportamiento
Cuando las temperaturas superan los 30 grados, la mayoría de los animales comienza a experimentar estrés térmico, una situación que suele reflejarse en cambios de comportamiento.

El calor extremo no solo compromete la salud física —con riesgos como deshidratación, golpes de calor o problemas cardíacos—, sino que también afecta el bienestar emocional.
Al igual que ocurre en las personas, el exceso de calor provoca cansancio, altera el sueño y reduce la tolerancia al malestar. En los perros, esto se manifiesta en un aumento del jadeo, un descanso de peor calidad y una menor disposición a moverse.
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En los gatos, que tienen más dificultades para regular su temperatura corporal, son habituales el aislamiento, la apatía y, en algunos casos, reacciones defensivas o agresivas cuando se los interrumpe mientras buscan refugio en zonas más frescas.
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Menos umbral de tolerancia
El mecanismo es sencillo: un animal sobrecalentado tiene un umbral de tolerancia más bajo. Cualquier estímulo —un niño que insiste en jugar, otro perro demasiado efusivo, ruidos intensos— puede ser la chispa que desencadene un gruñido, un bufido o incluso un bocado.

El dolor y la incomodidad, incluso cuando no son evidentes, incrementan la probabilidad de respuestas defensivas. En las razas braquicéfalas, como bulldogs o pugs, el problema se intensifica: las dificultades para respirar se acentúan con el calor, el cansancio aparece antes y el umbral de tolerancia se reduce todavía más.
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En hogares con varios animales, las tensiones pueden dispararse. Es habitual observar más discusiones alrededor del comedero o de las zonas frescas de la casa —balcones, baldosas, habitaciones con aire acondicionado— que se convierten en recursos muy codiciados.
Cambios pequeños, efectos grandes
Los especialistas recomiendan observar a las mascotas durante las olas de calor para detectar señales tempranas: jadeo constante, lengua muy roja, búsqueda desesperada de sombra, negativa al paseo, rechazo al contacto físico o cambios bruscos en la sociabilidad habitual.

Un perro que solía mostrarse tolerante con otros y de pronto empieza a gruñir en el parque no necesariamente está cambiando de carácter: muchas veces es una señal de agotamiento provocado por el calor. En los gatos, conductas como orinar fuera del arenero o esconderse más de lo habitual también pueden ser respuestas al estrés ambiental.
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Cómo ayudarlos en veranos cada vez más extremos
Los veterinarios insisten en adaptar rutinas a la nueva realidad climática. Paseos en las horas más frescas, reducir el ejercicio intenso, ofrecer agua fresca en varios puntos de la casa, crear zonas de sombra y evitar coches y terrazas cerradas son medidas básicas.

En interiores, ventiladores, aire acondicionado, cortinas bajadas y esterillas refrigerantes pueden marcar la diferencia.

En algunos casos, se aconseja incluso reorganizar el espacio: más camitas repartidas, recursos duplicados (comedero, bebedero, areneros) para reducir conflictos por los lugares más frescos.
