Sudor que no se ve, pero se huele
A diferencia de los humanos, los perros no sudan por todo el cuerpo. La mayor parte de su regulación térmica ocurre a través del jadeo. Sin embargo, sí tienen glándulas sudoríparas —las llamadas glándulas écrinas— concentradas en las almohadillas de sus patas.
Ese sudor no gotea como el nuestro, pero humedece mínimamente la superficie de la piel. La combinación de sudor, grasa natural y restos de suciedad del suelo crea el caldo de cultivo ideal para microorganismos que viven de forma normal sobre el cuerpo del animal.
Bacterias “aromáticas”
La clave del olor a snack está en las bacterias y levaduras que habitan en las patas. Entre las más frecuentes se encuentran especies de Proteus y Pseudomonas, además de hongos como Malassezia.

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Estos microorganismos descomponen componentes del sudor y de la queratina de la piel, liberando compuestos volátiles. Algunos de esos compuestos —como ciertos ácidos grasos y derivados orgánicos— son sorprendentemente similares a los que se producen al tostar maíz o elaborar aperitivos de queso.
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El resultado es ese aroma que muchas personas asocian con productos tipo Doritos o Cheetos, tortillas de maíz o incluso pororó. No se trata de que el perro “huela a comida” literalmente, sino de que las moléculas responsables del olor son químicamente parecidas.
¿Es un olor normal o un signo de alarma?
En la mayoría de los casos, un olor suave a “snack” en las patas es normal y no indica enfermedad. Forma parte del microbioma cutáneo del perro, es decir, de la comunidad habitual de bacterias y hongos que viven en su piel.
Sin embargo, el límite entre lo normal y lo patológico está en la intensidad del olor y en los signos que lo acompañan. Conviene acudir al veterinario si:
- El olor es muy fuerte, rancio o claramente desagradable.
- El perro se lame o muerde insistentemente las patas.
- Hay enrojecimiento, piel húmeda, descamada o heridas.
- Se observa hinchazón o cojera.
En esos casos puede tratarse de una infección bacteriana o fúngica, una alergia o un problema de piel que requiere tratamiento específico.
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Higiene, suelos urbanos y sentido del olfato humano
La vida en ciudad también influye. Las patas están en contacto constante con superficies calientes, restos de comida, orina de otros animales y productos de limpieza. Todo ello se mezcla con el sudor y las bacterias, potenciando ciertos olores.

La higiene moderada —lavar las patas con agua tibia después de paseos especialmente sucios y secarlas bien— ayuda a evitar excesos, pero los especialistas desaconsejan el uso frecuente de jabones agresivos o desinfectantes potentes, que pueden dañar la piel y alterar la flora normal.
Pero mientras no haya dolor, irritación ni malestar, ese tenue aroma a aperitivo suele ser simplemente eso: la firma olfativa de un microbioma canino sano… y una de las rarezas más comentadas por los amantes de los perros.
