Instinto de “perfume” canino
Una de las hipótesis más extendidas entre especialistas en comportamiento animal es que el revolcarse sirve para impregnarse de olores del entorno.

En la lógica canina, oler “a perro” (o a lo que haya en el suelo) puede ser más útil que oler a fragancia.
Los aromas fuertes del champú son ajenos al repertorio olfativo natural del animal y pueden resultar intrusivos.
Al frotarse, el perro reduce esa intensidad y recupera un olor más familiar.
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Esta conducta también se interpreta como una forma de comunicación. El olor es información: dónde estuvo el perro, qué encontró, qué hay en el ambiente.
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Volver del baño con un perfume “neutral” o artificial podría borrar parte de ese rastro químico que otros perros captan al saludar o inspeccionar.
¿Secarse, rascarse o liberar tensión?
No todo es estrategia olfativa. El “frotado” puede ser simplemente una manera eficaz de secarse y acomodar el pelo, especialmente en razas con manto denso.

También puede actuar como respuesta a sensaciones en la piel: agua, residuos de producto o un leve picor por fricción y humedad.
Además, algunos perros viven el baño con estrés. En esos casos, revolcarse al terminar puede funcionar como descarga: una conducta de desplazamiento para liberar tensión y volver a “tomar control” del cuerpo y del entorno.

Por eso es frecuente que vaya acompañada de carreras cortas y sacudidas energéticas.
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¿Es un problema?
En la mayoría de los casos, no. Es un comportamiento normal.

Lo importante es vigilar el contexto: si el perro se frota de forma compulsiva, se rasca sin parar, se enrojece, aparecen granos, mal olor persistente en la piel o sacude mucho la cabeza, conviene consultar al veterinario. Podría haber irritación, alergias, otitis o un producto inadecuado.
Cómo reducir el “efecto frotado”
Sin convertirlo en una batalla, se puede prevenir: usar champús específicos para perros (los de humanos suelen alterar el pH), enjuagar durante más tiempo del que parece necesario y secar bien.
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También ayuda elegir productos sin perfume intenso y ofrecer una alternativa “permitida” tras el baño (una toalla en el suelo o una manta lavable) mientras se evita el acceso a zonas donde el perro suele encontrar olores desagradables.
Al final, el mensaje es simple: el baño limpia, pero el perro sigue siendo un animal guiado por la nariz. Y, para su mundo, el olor cuenta tanto como la apariencia.
