Todos conocemos un perro que “confiesa” sin hablar. Pero, ¿realmente está admitiendo su culpa? Etólogos y veterinarios llevan años advirtiendo que lo que muchos humanos interpretan como arrepentimiento suele ser, en realidad, una respuesta al tono de voz, a la postura corporal del dueño y al contexto.

Aun así, existen gestos frecuentes que aparecen justo después de una travesura —o cuando el animal anticipa que habrá tensión— y que conviene leer como señales de estrés, apaciguamiento o búsqueda de calma, más que como una admisión moral del delito.
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Gestos que delatan a un perro que acaba de cometer una travesura

1) Mirada esquiva y cabeza girada. Cuando el perro evita el contacto visual o gira la cabeza, muchas personas lo leen como “sabe lo que hizo”. En lenguaje canino suele ser una señal de apaciguamiento: intenta reducir el conflicto y mostrar que no busca confrontación.
Puede intensificarse si el humano se acerca de forma brusca o alza la voz.
2) Orejas hacia atrás y cuerpo encogido. Orejas pegadas al cráneo, lomo bajo y movimientos cortos son una combinación típica de incomodidad. No necesariamente indican que el perro conecte el objeto roto con una acción pasada, sino que percibe un ambiente tenso y busca “hacerse pequeño” para que la interacción termine rápido.
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3) Cola baja (o metida) y meneo nervioso. La cola no siempre “dice felicidad”. Una cola baja o entre las patas es un indicador clásico de inseguridad. A veces se mueve, pero con rigidez o a medio recorrido, más parecido a un gesto de conciliación que a una bienvenida relajada.
4) Lamidos rápidos y bostezos fuera de lugar. El lamido de labios y el bostezo en situaciones que no invitan al sueño son señales de estrés muy comunes. Aparecen ante regaños, discusiones o cuando el perro nota que la persona está enojada, incluso aunque no haya visto el destrozo todavía.
5) Postura de “juego” que no encaja. Algunos perros se agachan con las patas delanteras extendidas y el trasero arriba, como invitando a jugar. En contextos tensos puede ser un recurso para desviar la situación y rebajar la presión, no una celebración de la fechoría.
Lo que sí conviene hacer (y lo que no)
Especialistas recuerdan que castigar al perro al encontrar un daño, minutos u horas después, suele ser ineficaz: el animal asocia el enfado a la presencia del humano o al ambiente, no al acto pasado.

En cambio, funciona mejor prevenir (gestión del entorno, paseos y enriquecimiento), supervisar y reforzar conductas alternativas —mordedores adecuados, descanso, rutinas—.
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Si el destrozo es repetido o va acompañado de ansiedad, conviene consultar con un veterinario o un educador canino.
La “cara de culpable” existe, sí, pero suele hablar más de nuestro enojo que de su conciencia. Entender esos gestos como señales de incomodidad puede ser el primer paso para reducir los destrozos… y mejorar la convivencia.
