Su silueta atlética, su energía inagotable y su gusto por el trabajo —del agility a la obediencia deportiva— han convertido al Dóberman y al Bóxer en dos iconos del “perro deportista”. Pero esa misma imagen de potencia y resistencia convive con una realidad conocida por veterinarios y criadores responsables: ambas razas figuran entre las más predispuestas a determinadas cardiopatías, muchas veces silenciosas hasta que el cuadro es grave.
Cuando el corazón falla sin avisar
En el Dóberman, la preocupación principal es la miocardiopatía dilatada (MCD), una enfermedad en la que el músculo cardíaco pierde fuerza y el corazón se dilata.

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Puede evolucionar durante meses o años sin síntomas claros. En el Bóxer, además de MCD, destaca la miocardiopatía arritmogénica del ventrículo derecho (MAVD), asociada a arritmias que, en algunos casos, desencadenan desmayos o incluso muerte súbita.

En ambos casos, el componente genético pesa: no se trata de “perros mal cuidados”, sino de razas en las que ciertas variantes hereditarias elevan el riesgo. Aun así, factores como la edad, el estado corporal o el tipo de actividad pueden influir en cómo se manifiesta la enfermedad.
Señales que suelen confundirse con “cansancio”
Los signos pueden parecer menores: menor tolerancia al ejercicio, jadeo desproporcionado, tos (especialmente nocturna), respiración más rápida en reposo, apatía o pérdida de peso.

En los Bóxer, los síncopes (desmayos breves) durante la excitación o el ejercicio son un aviso que requiere consulta inmediata. Los veterinarios recomiendan no normalizar estos cambios como “cosas de la edad” en razas de riesgo.
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La clave: detectar antes de que haya síntomas
La detección precoz es la herramienta más sólida para ganar tiempo y calidad de vida.

Entre las pruebas más usadas están el ecocardiograma, el electrocardiograma y el Holter de 24 horas (especialmente útil en arritmias).
Según el caso, se suman análisis específicos y controles periódicos. En perros que compiten o entrenan con intensidad, muchos especialistas aconsejan revisiones cardiológicas regulares, incluso si el animal “se ve perfecto”.
Deporte sí, pero con controles y cría responsable
Ni el Dóberman ni el Bóxer deberían quedar “condenados al sofá” por su predisposición. La mayoría puede hacer actividad física, pero ajustada y con seguimiento veterinario.
Donde la prevención tiene impacto colectivo es en la selección reproductiva: el cribado cardiológico de reproductores y la transparencia sobre antecedentes familiares reducen la propagación de líneas de alto riesgo.
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Para tutores y aficionados al deporte canino, el mensaje es claro: el rendimiento no siempre refleja salud cardíaca. En estas razas, el verdadero “entrenamiento” empieza con escuchar al perro y revisar su corazón antes de que sea tarde.
