–¿Cuántos años? ¿Cuántos libros?
–Tengo 63. Seis libros, textos profesionales de consulta de la especialidad contable, aparte, 50 artículos de investigación desarrollados en congresos. Estuve como miembro del comité de revisión en español de las normas internacionales de información financiera.
–¿Cómo capea la Universidad esta pandemia?
–A mí particularmente me tomó como nuevo decano de la Facultad. Apenas tomé posesión y se vino enseguida la suspensión de clases. Fue un mar de confusiones en autoridades, docentes, funcionarios y alumnos. La Universidad Católica cuenta con 22.000 alumnos. En todos los estamentos nos propusimos no parar. Somos 3.000 profesores, 4.000 personas dentro del personal administrativo. Estamos hablando de casi 30.000. Nadie podía salir de su casa. Por suerte, teníamos dos plataformas vigentes. Casi nadie las usaba. Dos años atrás, la Universidad había firmado contrato con Google. La plataforma es Classroom. Tenemos otra aplicación: Claroline. Son dos muy buenas aplicaciones. Nadie sabía. Había que adaptarse. Algunos profesores no se adaptaron y pidieron permiso. Todo el mundo trabajó el triple. A fines de abril ya estábamos todos mejor entrenados.
–¿Asisten los alumnos a las clases (virtuales)?
–Más que en la clase presencial. Yo, en mi clase presencial nunca tuve el 100% de participantes. Con la clase virtual llegué a tener 100% varias veces.
–¿Y cómo hacen para los exámenes? El alumno puede copiar, o tener a un sabelotodo al lado, en su casa...
–No le da el tiempo. El que está al lado no puede pensar por el alumno. Llega la hora y se bloquea. Hay además técnicas y técnicas de evaluación.
–¿Cuál es el balance de estos casi cuatro meses de clase a distancia?
–Son 431 materias, por tres parciales..., más de 800 exámenes hemos tomado. A eso hay que sumarle más de 200 finales complementarios. Hemos superado el millar de pruebas. Alcanzamos 94% la retención escolar este semestre. El año pasado sin pandemia, tuvimos 91%. En las clases presenciales tuvimos más deserción que en las virtuales. La rica experiencia que ganamos es cuando se vuelva a la relativa normalidad, yo creo que se puede alternar con clases mixtas, especialmente para las primeras horas que registran un altísimo nivel de llegadas tardías...
– ¿Cuál es el inconveniente para el docente?
–Un docente de 20 o 30 años de experiencia normalmente no tiene necesidad de preparar su clase. Sabe de memoria lo que tiene que desarrollar en el aula. En la clase virtual es diferente. Hay que desarrollar para la pantalla. El docente tiene que escribir. Tiene que prepararse. Nos hace más formales. Nos hace recordar que es una falta de respeto ir a clase sin prepararse. Todos se aggiornaron.
–¿Cómo se plantea la vuelta a clases?
–Nosotros estimamos que el segundo semestre va a continuar virtual, a distancia por el riesgo latente del contagio.
–¿Cuál es el déficit de la educación a distancia?
–El sistema de comunicación. Es muy precario. No hay suficientes bandas. A las seis, las siete de la tarde, cuando mucha gente está dando clase (más de 3.000 docentes en forma simultánea) la señal es desastrosa...
–¿Se corta?
–No se corta pero hay interferencia. Hay ruido. Tratamos de ingeniarnos para reducir las interrupciones. Pedimos que apaguen los micrófono. Solo el que habla tiene que tener micrófono abierto.
–¿Cómo hacen los que no tienen una computadora personal?
–Solo es necesario para el examen. Puede prestar del vecino, del primo. Puede escuchar la clase en el celular y participar cuando quiera.
–Tenemos un país muy desigual. Mucha gente no puede...
–La desigualdad es nuestro déficit más enorme. El problema de comunicación es un fiel reflejo de lo lejos que estamos todavía del desarrollo. Un país mediterráneo como el nuestro debería tener como uno de sus puntales ese servicio. Todo el mundo se acomodó a la crisis pero el Estado desgraciadamente no.
–¿No?
–El ministro de Salud (Julio Mazzoleni) dijo: “quédense en su casa”, pero como siempre algunos aprovecharon ese ínterin para robar, o por lo menos esa es la sensación que quedó en la ciudadanía. El Congreso le dio al Gobierno un cheque en blanco. Le dio 1.600 millones de dólares para la salud. ¿Qué se hizo? Más de 500 millones destinaron al pago de salarios de funcionarios, otra vez los privilegiados de siempre. Al trabajador del sector privado se le prohibió trabajar y cuando se le autorizó a volver fue como si le apuntaran con un arma: “pague su vencimiento de IVA, pague su patente, su otro impuesto...”, todo venció en junio. ¿De dónde el pobre ciudadano va a sacar plata? Y encima si usted es empresario y tiene algunos empleados, el Ministerio (de Justicia y Seguridad Social) le prohíbe despedir al personal. Al Ministerio de Salud se le dio 514 millones y usó 4 millones para la salud. Le quedan 400 millones todavía sin usar. Aparte fuimos testigos de esas irregularidades escandalosas por la compra de insumos hospitalarios que fueron ventiladas por la prensa. Le dieron a IPS 100 millones de dólares, pero si usted pagó IPS porque su empresa donde trabaja es seria no recibe nada. Está condenado. No le va a ayudar nadie. Los que nunca aportaron se llevaron 300 millones. Hasta los muertos se anotaron. ¿Y cuánto se gastó para la pandemia? 0,25% de los 1.600 millones de dólares.
–El Gobierno está embarcado en el plan de reactivación.
–Justamente, para ese plan el Gobierno pide 2.500 millones de dólares. Yo pregunto: ¿qué se va a reactivar? El Estado tiene la obligación de generar empleos, no planilleros. Tiene que dar oportunidad al sector privado, no al funcionario. El funcionariado no necesita. El Estado tampoco necesita 350.000 funcionarios. Le basta y sobra con 100.000.
–¿Qué debe hacer entonces el estadista?
–Obras, obras, obras pero a través del sector privado, no a través del sector público con sus famosos contratistas. Eso no funciona. La función primordial del Estado es incentivar al sector privado porque el sector privado es el que va a generar la reactivación económica, no el sector público. El sector público no va a reactivar nunca nada porque no paga impuesto. Lo único que hace es gastar el dinero del contribuyente. La crisis todavía no empieza. La crisis se va a producir el año que viene cuando las micro y medianas empresas estén definitivamente muertas. En este semestre ya se están comenzando a morir. Cuántas miles ya quebraron. Se estima que para fin de año vamos a tener como 800.000 desempleados.
–¿Cuál es su opinión sobre esos operativos Pytyvõ, Ñangareko...?
–No soy partidario del subsidio. En vez de subsidiar hay que dar crédito. Si usted regala 300.000 o 500.000 es como quemar recursos. Se come todo enseguida. Es un desperdicio de dinero. No hay generación de recursos. Yo no quiero que ningún ciudadano pase hambre y no tenga nada que comer pero el Estado, en vez de subsidiar hubiera dado trabajo a esa gente: una parcela para que cultive, dos o tres animales a un tambero, pero el que recibe tiene que comprometerse a devolver aunque sea a largo plazo. El regalo no tiene efecto en la economía. El plan Marshall (post Segunda Guerra Mundial) invirtió toneladas de dinero pero para que la gente trabaje. “Usted trae su plan y le damos la plata”. Eso es lo que debería hacer el Gobierno. Estos 2.500 millones es muchísimo dinero para endeudar porque no se va a reactivar nada.
–¿Cuánto debe ser?
–Para reactivar la economía acá, hace falta una inyección de 6.000 millones como mínimo pero para reactivar al sector privado, a 20 o 30 años de plazo. Si usted regala, cuando se acabe le van a pedir más y más y no va a reactivar nada.
–Y qué dice de ese plan de condonar ANDE y Essap?
–Condonan a los que consumen hasta 300.000 guaraníes. Es ridículo. Eso no funciona. ¿Quiénes son los que se benefician? Los que pagamos impuestos no estamos comprendidos. Usted está haciendo un esfuerzo enorme para sobrevivir porque le prohíben trabajar y encima su consumo se encarece porque le obligan a quedarse en casa todo el día. El otro, no trabaja y se le exonera.
–Parece todo muy contradictorio...
–Es fácil cuando hay que manejar el presupuesto estatal. El privado jamás va a gastar más de lo que puede ingresar. El Estado es al revés. Presupuesta los gastos alegremente y de acuerdo a eso ve de dónde sacar la plata para cubrir.
–¿Qué puede aportar la academia en esta crisis?
–Mucho. Es hora de que la academia se involucre y oriente en los grandes temas nacionales, lo cual no es inmiscuirse en la gestión. Estamos en deuda con la sociedad. Tenemos que emitir opiniones. De otro modo es arco libre. ¿Cómo es posible que cuando se presentó el proyecto de los 1.600 millones de dólares nadie preguntó al Gobierno qué destino le iba a dar? ¿Por qué hay que darles plata a los funcionarios sin trabajar? ¿Acaso ya no está presupuestado lo que tienen que ganar? Por eso yo digo que la academia también tiene que participar en el debate y advertir. Nadie dijo una palabra.
