Coronavirus alejó a gente de la Iglesia, dice párroco

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Padre Héctor Fariña, cura párroco de María Auxiliadora (Monseñor Lasagna).
Padre Héctor Fariña, cura párroco de María Auxiliadora (Monseñor Lasagna).Archivo, ABC Color

El padre Héctor Fariña, párroco de María Auxiliadora (Monseñor Lasagna), director del Santuario de la Virgen y del Oratorio San Luis, consejero del Colegio Domingo Savio, relata su experiencia sobre el “nuevo modo covid de vivir” en las iglesias. Admite en esta entrevista que muchos feligreses se han alejado y que hay parroquias con problemas económicos. Sin embargo, rescata la solidaridad de personas admirables que no solo aportan dinero, sino presencia, para atender los requerimientos de centenares de necesitados golpeados por la pandemia y que encuentran refugio en las parroquias.

–¿Cómo está repercutiendo la pandemia en la Iglesia? Dicen que muchas parroquias están pasando necesidades...

–En América Latina, en general, es la constante y Paraguay no está exento. Nosotros no tenemos la cultura del diezmo que tienen las iglesias evangélicas. Nuestros ingresos están ligados a la celebración de los sacramentos. Hacemos misa, pasa la canastita, la gente anota sus intenciones. Se hacen los otros sacramentos, el matrimonio, el bautismo. La gente deja su aporte voluntario. Esos son los ingresos que tiene la parroquia normalmente. Como esos ingresos están disminuidos, es proporcional. Hoy están permitidas 20 personas en la misa. Antes de la pandemia pienso en la parroquia de Luque, repleta, la de Limpio: se hacía afuera porque ya no cabían en el templo. Evidentemente hay una disminución de los ingresos económicos.

–¿Ustedes qué hacen para paliar eso?

–Nuestra parroquia María Auxiliadora (que abarca el colegio Monseñor Lasagna, el Oratorio San Luis, el Colegio Domingo Savio) es muy grande. Hacemos ferias de comidas, vendemos tapabocas con la imagen de María Auxiliadora, recuerdos para ayudar al sostenimiento. Habilitamos giros, dimos a conocer nuestros datos bancarios para que los feligreses nos puedan hacer sus transferencias voluntarias. Se agradece muchísimo la solidaridad de los parroquianos. Yo estoy seguro de que todos los párrocos también estarán muy agradecidos con sus feligreses que se han manifestado para seguir sosteniendo la parroquia. Hay que pagar los impuestos, al personal, edificios enteros que hay que mantener, la electricidad, la plomería, la luz, el agua. La Pastoral Social no se detiene. Nuestro comedor “Pa’i Candia” ofrece 120 platos diarios. Nuestra tarea evangelizadora tampoco descansa aplicando los protocolos que indican las autoridades sanitarias comenzando por el uso de tapabocas, la instalación de lavamanos. Hemos adquirido la pistolita para medir la temperatura, el alcohol en gel, la alfombrita...

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–El protocolo se instaló en todas las parroquias...

–Sí. Implica toda una logística. No sé la realidad de las casi 100 parroquias asuncenas, pero a veces me voy a un comercio y veo que se avivaron. El jabón líquido ya está aguado. Yo por lo menos puedo asegurar que en mi parroquia el jabón líquido no está aguado (se ríe). Son gajes del oficio. Lo importante es que ya nos volvemos a juntar para la catequesis con los adultos. Hemos cerrado los ciclos para la primera comunión. Los padres mismos reclaman que sus niños hagan la primera comunión. Estamos cerrando también ciclos para los jóvenes que querían confirmarse...

–¿Cuál es su análisis? ¿Esta pandemia alejó a la gente de la Iglesia?

–Sí, eso es categórico. Entiendo que hay muchos que se acostumbraron en estos meses al Facebook. Y tenemos que tratar de conquistar esos corazones para volver otra vez a Dios. Ya lo dijo también el papa Francisco en ese sentido. Tenemos que seguir trabajando sin desanimarnos y que prime la misericordia para que la comunidad cristiana pronto otra vez pueda estar enteramente reunida. Pero así como la pandemia ha debilitado la fe de algunos hermanos también ha fortalecido la de otros. Hay familias que encontraron la forma de reunirse convirtiendo sus hogares en verdaderas iglesias domésticas.

–¿Cómo es...?

–Hay muchísimas iniciativas para mantener viva la fe a través del sistema virtual. Las familias aprendieron a reunirse para rezar por la vía telemática.

–Pero se cortó el sistema de celebración de sacramentos...

–Los católicos no podemos renunciar a nuestra dinámica sacramental. Los sacramentos para nosotros son esenciales para nuestra vida. Ahí es donde uno ve de que ha primado el miedo, que es legítimo. De hecho, yo creo que nos hicieron tener miedo, sobre todo al comienzo. Fue un encierro total y no sé si eso sirvió, porque ahora usted ve que hay cada vez más muertos y nadie ya se impresiona. Yo recuerdo muy bien cuando íbamos a entrar en la segunda fase, muchos, incluido yo, se quejó porque la iglesia no fue tenida en cuenta. Recién nos tuvieron en cuenta en la fase 3.

–Se decía que el templo podía ser un lugar de contagio masivo...

–Sí, dijeron que eso pasó en Alemania, en Corea, en otros países de América Latina. Yo particularmente me puse a mirar todos esos casos que citaron. Eran iglesias evangélicas cuyos pastores eran negacionistas del coronavirus, y que por lo tanto no tomaron la precaución de los protocolos sanitarios correspondientes. En cambio, nosotros no descuidamos un solo detalle de los protocolos y estoy seguro de que capaz que ya vino un covid positivo y nosotros ni nos dimos cuenta porque estamos totalmente separados, aislados, nos lavamos las manos, usamos tapabocas, nos saludamos con el codo. Ya no nos abrazamos... Yo creo que lo positivo es que la gente va tomando conciencia y se acostumbra a seguir las indicaciones...

–¿Cuál es la experiencia: ya no hay tantos casamientos, bautismo, confirmaciones, cumpleaños?

–Bautismo sí hacemos. Estamos bautizando. Es el sacramento que más se pide. Estamos confesando. Tenemos los horarios bien definidos. Los viernes tenemos tres horas de confesión. Estamos con pequeños grupos de jóvenes haciendo el cierre para que puedan confirmarse. El obispo elevó a los párrocos de Asunción la potestad de confirmar, porque él no va a poder estar en todas las confirmaciones...

–¿Cómo hacen con las misas? Hasta esta semana las autoridades admitían 20 personas...

–Yo creo que supimos adaptarnos. El sistema que implementamos, de las automisas (parroquianos desde sus automóviles), se fue extendiendo a otras parroquias. Nosotros seguimos con eso justamente para darle seguridad a la gente.

–¿Dónde hacen?

–Tenemos una explanada, interesante en sus dimensiones. La gente viene, se estaciona frente a la parroquia. Sintoniza la 93.5 FM, La Voz del Santuario, una radio comunitaria, y escucha la misa. Cuando llega el momento de la comunión, se indica a la gente que quiera comulgar que prendan la luz de stop de sus vehículos. Entonces ahí salimos a repartir en la mano la comunión. Antes de repartir, por supuesto nos lavamos las manos, y nos mantenemos siempre con tapabocas en el momento de la comunión.

–¿La participación?

–Es variada. En el templo entran las 20 personas que indica el protocolo. Otro grupo participa desde afuera. Se dispone de sillas para el efecto y el resto participa desde sus vehículos, 15, 20, 25 vehículos. A veces son familias enteras incluido el perro muchas veces (sonríe)...

–¿Desaparecieron algunos ritos tradicionales?

–Básicamente lo que desapareció es el pasarse las manos en el momento de proclamarse “la paz”. Algunos sacerdotes recomiendan hacer el “gesto oriental de paz” inclinando la cerviz. Por lo menos yo de esa parte ya me salto. Voy directo al “Cordero de Dios....”.

–¿Con qué sustituyó esos compromisos que antes tenía seguramente agendado con meses de anticipación?

–Por ejemplo, estuve toda una mañana en un congreso de radios salesianas de América. Me llamó la atención la experiencia en una radio de República Dominicana. Ellos encontraron una forma de entrenar a jóvenes que rescatan de la calle para llevar adelante el proyecto de evangelización a través de la radio. Esos jóvenes enseguida se sienten útiles. Eso me pareció fabuloso. La pandemia hace mucho más evidente la necesidad de evangelizar. Los católicos tenemos que asumir nuestra vocación de evangelizadores e ir a buscar a aquellos que se han alejado, para que retornen no solo a los sacramentos sino que retornen a la vida cristiana. Estamos escuchando que con este aislamiento prima la violencia: violencia contra la mujer, contra los niños, contra los adultos mayores, la violencia verbal entre las personas. La cultura de la muerte desgraciadamente ha dado pasos gigantes con esta pandemia, y eso nos demuestra que transmitir y vivir los valores de Jesucristo son necesarios y urgentes para transformar los corazones y regresar a esa sociedad más dialogante, solidaria, menos corrupta que queremos.

–Parece difícil eso de ir a golpear las puertas para evangelizar. La gente tiene miedo, se volvió insensible...

–No crea. De la necesidad nace la solidaridad. Tenemos esos testimonios de la gente que se reúne para aportar, para hacer andar esos comedores, esas ollas populares que se mantienen con el esfuerzo de voluntarios y de la donación de los fieles. Es cierto, hay gente que decepciona y que no está a la altura, que se ensucia en hechos de corrupción. Sin embargo, otros ciudadanos nos dan esperanza con su solidaridad, con su desprendimiento. Con esta crisis se descubren también personas admirables. Pero yo le quiero transmitir una preocupación por la crisis que golpea a los establecimientos educativos del sector privado.

–¿Qué le preocupa?

–Yo no tengo datos, pero para mí que nos mienten con la cuestión educativa, porque nosotros estamos trabajando con el refuerzo escolar. Hay niños que no tienen clases virtuales. Todo es por Whatsapp, y eso no es clase virtual. Nuestra impresora, en el oratorio San Luis, llora...

–¿Por qué?

–Hace más de mil copias, impresión de fotocopias de tareas escolares, de trabajo práctico de los niños de la zona a los que ayudamos a perseverar a pesar de los obstáculos. La situación de la educación en general es delicada, no solo de los colegios católicos. Y este es un tema que debe llamar la atención de las autoridades. Hay colegios que tuvieron que recurrir a esos préstamos con intereses usurarios porque el Banco de Fomento no les ayudó cuando necesitaron. No fue tan accesible como dijeron. Al final van a terminar pagando las familias de esos niños. Otra falacia gigantesca: mucha gente especuló con la factura de la ANDE. ¿Se acuerda que nos tuvieron meses con la historia de que se iba a descontar hasta 500 o 1000 kilowatts? Todo quedó en el oparei y ahora se viene con todo la factura real (en noviembre). Exactamente lo mismo pasa en la educación. El perjuicio es enorme. Los niños no se pueden conectar por los apagones. Aparte, el internet no funciona. Escuché que algunos establecimientos ya cerraron. Es decir, la brecha entre los que tienen más y los que no tienen es cada vez más grande. Por eso, no es descabellado plantear un subsidio al sector educativo privado en esta emergencia.

Holazar@gmail.com