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Un país que consume energía es un país rico... si cuenta con un plan

El consumo de electricidad a nivel mundial creció más que el PIB global, mientras las inversiones en transición energética rondan los US$ 2,5 billones.
El consumo de electricidad a nivel mundial creció más que el PIB global, mientras las inversiones en transición energética rondan los US$ 2,5 billones.Black_Kira

Paraguay tiene una oportunidad energética difícil de igualar, pero su matriz aún revela dependencias, límites y decisiones pendientes. El desafío no radica solo en consumir más energía, sino en definir si ese crecimiento se apoya en recursos propios, eficiencia y soberanía, o en nuevas formas de dependencia externa.

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Pocas veces se ha hablado tanto de energía en Paraguay y de su uso como en los últimos meses. Entre anuncios de picos de consumo eléctrico, crisis energética, renegociaciones del Anexo C de Itaipú con Brasil, subidas incesantes del precio del combustible a causa de los conflictos en Medio Oriente, proyectos de datacenters para IA o el uso de gas natural, es muy fácil perderse entre tantas ideas.

El país ha contado con una abundancia de electricidad sin igual durante décadas gracias a sus tres represas: Itaipú, Yacyretá y Acaray.

Hablamos mucho de electricidad, pero la matriz energética de nuestro país se divide de la siguiente manera: 20% corresponde a energía eléctrica, 35% a biomasa y 45% a recursos fósiles importados, cuyo principal destino es el transporte. El caso de la biomasa, léase principalmente leña, es muy particular, ya que es una “energía silenciosa”: todos vimos casos donde se utiliza, para algunos es su principal fuente de abastecimiento, pero pocos dimensionan lo que realmente implica.

Algunos ejemplos de las principales industrias que dependen de biomasa son: frigoríficos, alcoholeras, aceiteras, yerbateras, olerías, entre otros. Algunas de estas industrias pueden consumir hasta cientos de toneladas de leña por día. La cifra preocupante es la siguiente: menos del 40% de esta madera proviene de la reforestación; el resto se obtiene de poda de árboles nativos.

Es decir, toda nuestra narrativa de país verde con energía limpia y renovable se apoya, en realidad, en menos de la mitad de lo que consumimos, y en varios casos estamos alcanzando límites estructurales. Esto tiene solución: podemos reforestar y desarrollar planes de uso industrial más eficiente del recurso, así como ampliar la generación eléctrica y ordenar su crecimiento.

El mundo está viviendo un auge de las energías renovables y la electrificación de procesos. El consumo de electricidad a nivel mundial creció más que el PIB global; las inversiones en transición energética rondan los US$ 2,5 billones (a modo comparativo: la IA movilizó US$ 800.000 millones, tres veces menos), con países buscando cada vez más electrificarse a través de fuentes de generación soberanas y coherentes.

Paraguay, por su parte, sigue estancado: mucho ruido, pocas acciones y propuestas peligrosas, entre ellas la de crear el Gasoducto Bioceánico.

¿Qué implica este proyecto? Conectar el país con las reservas de gas de Vaca Muerta en Argentina para abastecernos y eventualmente reemplazar biomasa o generar energía en el Chaco. Es decir, cambiar un problema por otro: sustituir un recurso local mal gestionado por uno importado, sobre el cual no tenemos control.

Esto supone una decisión estratégica de fondo: pasar de un modelo basado en recursos propios a otro dependiente de mercados internacionales, con precios volátiles y sujetos a tensiones geopolíticas. La crisis energética global de 2022-2023 dejó una lección clara: los mercados de gas pueden volverse extremadamente frágiles y exponer a los países importadores a shocks de precios y de suministro. La crisis actual de Medio Oriente sirve de recordatorio.

Además, el gas natural, en su forma no convencional (shale gas), implica impactos ambientales relevantes y responde a una lógica de desarrollo que va en sentido contrario a las tendencias globales de electrificación y eficiencia. Apostar por este tipo de infraestructura es comprometer capital y decisiones de largo plazo en una tecnología cuya competitividad puede deteriorarse rápidamente.

El 70% de los países que invierten en energías alternativas son aquellos que no cuentan con reservas fósiles suficientes para su consumo. Es decir, en un mundo que busca seguridad energética, descarbonización y control sobre sus recursos, Paraguay decide incorporar una fuente sobre la cual no tiene soberanía.

¿Es esto lo que queremos como país? ¿Pasar de ser la tierra de abundancia y excedentes, con grandes perspectivas y oportunidades, a una nación sin soberanía? Consumir más energía puede ser sinónimo de desarrollo, pero también nos compromete sin una visión a largo plazo.

*Consultor en Transición Energética | Miembro de la Asociación Paraguaya de Energías Renovables.

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