La revolución incompleta de Alfaro

Alfaro emocionó a un país entero con sus palabras, pero, sin proponérselo, sembró una narrativa que terminó condicionando el potencial de su propio equipo.
Alfaro emocionó a un país entero con sus palabras, pero, sin proponérselo, sembró una narrativa que terminó condicionando el potencial de su propio equipo.Fernando ROmero

El ciclo de Gustavo Alfaro devolvió a Paraguay a la escena grande del fútbol mundial, pero la eliminación ante Francia dejó una pregunta de fondo: ¿la próxima revolución de la Albirroja debe ser táctica o mental?

Sería profundamente injusto no reconocer el extraordinario trabajo de Gustavo Alfaro al frente de la selección paraguaya. Recibió un equipo que llevaba cuatro Mundiales sin clasificar y lo devolvió a la máxima cita del fútbol. Además, superó la fase de grupos y eliminó a Alemania en una noche que ya pertenece a la historia del deporte paraguayo. Pocos entrenadores han logrado tanto en tan poco tiempo.

Precisamente por eso, merece una reflexión serena sobre aquello que quedó inconcluso.

El partido frente a Francia dejó una herida que va mucho más allá de la eliminación. Paraguay apareció ante buena parte del mundo como una selección excesivamente agresiva, asociada a un fútbol bronco y antideportivo. Podemos discutir si esas críticas fueron exageradas o si el arbitraje fue permisivo. Lo que resulta indiscutible es que la reputación internacional de nuestra selección salió dañada. Y la reputación también forma parte del resultado.

Alfaro posee una cualidad extraordinaria: conecta con el alma de los pueblos. Ha comprendido como pocos la cultura paraguaya del sacrificio, la resiliencia y la capacidad de sobreponerse a la adversidad. Por eso el país lo quiere y le está profundamente agradecido.

Sin embargo, durante este Mundial apareció otra faceta de su liderazgo que merece ser revisada. En sus conferencias insistió una y otra vez en las diferencias con Europa: ellos tienen las mejores academias, los mejores recursos, los Balones de Oro; nosotros venimos de la tierra colorada, de la escasez y del sacrificio. Era un discurso profundamente humano, pero también cargado de una narrativa de inferioridad.

Y el lenguaje importa, mucho, más de lo que pensamos. Las palabras no solo describen la realidad: también la crean. El lenguaje moldea expectativas, construye identidades y condiciona comportamientos. Una organización termina pareciéndose al relato que repite sobre sí misma.

Frente a Alemania, Paraguay jugó liberado. Nadie esperaba que ganara. Frente a Francia apareció el peso de las expectativas. Y cuando esa presión se combina con un relato que, aunque involuntariamente, insiste en la desventaja frente al rival, posiblemente con la intención de destacar el mérito de lo logrado, resulta mucho más difícil que aflore la mejor versión de un equipo. Alfaro emocionó a un país entero con sus palabras, pero, sin proponérselo, sembró una narrativa que terminó condicionando el potencial de su propio equipo. Compararnos permanentemente con lo que otros son o tienen rara vez saca lo mejor de nosotros; normalmente reduce nuestra percepción de lo que somos capaces de hacer.

Paradójicamente, ese discurso tampoco era coherente con el mensaje de grandeza que el propio Alfaro había transmitido durante las eliminatorias ni con la idea defendida por el presidente Santiago Peña de un Paraguay pequeño en tamaño, pero gigante en esencia y en potencial.

Por eso, la gran revolución que aún le falta completar a Gustavo Alfaro no es táctica: es mental. Paraguay ya no necesita un líder que nos recuerde todo lo que nos falta, ni siquiera todo el mérito que tiene lo logrado. Necesita uno que nos convenza de todo lo que podemos llegar a ser. Cabo Verde, un país mucho más pequeño que Paraguay, con menos recursos, menos tradición y mucho menor potencial futbolístico, perdió frente a Argentina, pero dejó una lección de liderazgo: jugó sin miedo, sin complejos y sin construir un relato de inferioridad frente al campeón del mundo. Esa es la diferencia entre competir desde el complejo de inferioridad o desde la convicción en uno mismo. El daño reputacional que dejó Paraguay ante Francia trasciende una victoria, un empate o una derrota.

Si Gustavo Alfaro continúa al frente de la selección —como todo indica que ocurrirá— tendrá una oportunidad histórica. No solo deberá mejorar aspectos tácticos, físicos y comunicativos. Tendrá que completar su revolución: abandonar definitivamente cualquier discurso de inferioridad, equilibrar la emoción con la racionalidad, la prudencia con la ambición, y convencer a los paraguayos de que la grandeza no se alcanza sintiéndose menos que nadie.

Porque las selecciones también se convierten en aquello que creen ser. Porque los grandes equipos no nacen el día que eliminan a Alemania; nacen el día que dejan de sentirse inferiores a Francia.

*PhD y Máster en Economía y Empresa | CETYS Graduate School of Business.