¿De qué sirve una fábrica si no tiene caminos para llegar a sus compradores?
La pregunta sirve para entender los centros de datos de inteligencia artificial que se anuncian en Paraguay. La energía permite ponerlos en marcha; las redes de comunicación permiten que sus clientes los utilicen. Alrededor de ambas surgen negocios para empresas del país.
Un centro de datos reúne computadoras que otras empresas pueden utilizar a distancia; en ellas se pueden ejecutar programas de inteligencia artificial para responder consultas o analizar documentos. Cuando se habla de “fábricas de inteligencia artificial” o “fábricas de tokens”, se usa una metáfora: en los servicios de texto, esos tokens son pequeñas partes del texto que el sistema lee o genera y sirven para medir el consumo.
Las solicitudes llegan por la red y los resultados regresan por ella. Si una empresa utiliza inteligencia artificial para atender a sus clientes, una respuesta que tarda demasiado le quita utilidad al servicio. Si una conexión se corta, esa empresa necesita otra ruta para seguir funcionando; la calidad de esos caminos influye en lo que se puede vender.
Algunos proyectos ya reconocen esta necesidad. Araico incluye conexiones regionales en la presentación de su proyecto Iguazú AI City, que proyecta invertir US$ 12.000 millones en tres años. Pero la primera etapa es de apenas 300 millones: el resto dependerá de que lleguen los clientes. HIVE, en cambio, ya opera una plataforma de inteligencia artificial en Asunción, en alianza con un operador de telecomunicaciones cuya red de fibra óptica destaca como base del servicio. Ambos casos sugieren que construir la fábrica ya no es lo difícil: hay capital dispuesto; lo escaso, y lo que decide cuánto queda en el país, es quién vende servicios sobre ella.
¿Quién gana dinero?
El propietario del centro cobra por alojar las computadoras de sus clientes. Quien posee los equipos alquila su capacidad de procesamiento. La empresa de telecomunicaciones cobra por las conexiones. Y otra empresa contrata esos servicios, desarrolla una herramienta y la vende a comercios, bancos o industrias. Es como una autopista con peaje: quien la construye invierte primero, pero sin tráfico no hay nada que cobrar, y el tráfico lo ponen los clientes.
Ser dueño de la fábrica exige invertir mucho antes de empezar a cobrar. Los equipos necesitan mantenimiento y quedan sin uso si faltan clientes; conseguir contratos antes de ampliar las instalaciones ayuda a reducir esa incertidumbre.
Además, importa qué ofrece cada empresa. Si muchos proveedores venden conexiones similares, el precio pesa más en la elección; una ruta alternativa que permita mantener un servicio durante una falla vale más que una conexión común. También vale más una herramienta que resuelva bien un problema del cliente. Así se compite por algo más que el precio.
Tomemos, por ejemplo, una empresa paraguaya que desarrolla un asistente para comercios que responde preguntas sobre productos y pedidos; contrata el uso de las computadoras de un centro de datos e incorpora esa capacidad a su servicio. El comercio le paga por la herramienta y la atención que recibe; la desarrolladora paga a sus proveedores y debe administrar esos costos para ganar dinero.
Para las empresas locales, la oportunidad está en conectar la fábrica, mantenerla o usar su capacidad de procesamiento para vender un servicio. También conviene evaluar cuánto dependerá ese negocio de un solo centro de datos. Antes de elegir, hay que identificar qué cliente pagará por lo que puede ofrecer: en este negocio no gana quien construye primero, sino quien consigue compradores.
*Experta en Estrategia y Regulación de Telecomunicaciones.
