Los “privilegistas”

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En la exitosa película del director Martin Brest, ¿Conoces a Joe Black? de 1998 el reconocido galán Brad Pitt, quien encarna la muerte disfrazada de cobrador de impuestos, visita a una acaudalada familia a fin de cumplir su cometido: llevar al más allá al líder de aquel imperio interpretado por un siempre excepcional Anthony Hopkins.

No es coincidencia que el guión haya optado por tan singular combinación. “Death and taxes” (muerte e impuestos) es una antigua expresión que se atribuye a Benjamín Franklin quien en los albores de la nueva nación que iban constituyendo dijo que su Constitución determinaba que “todo en la vida era un abanico posibilidades, excepto por morir y pagar impuestos”. Estas últimas actividades era aquello de lo que nunca escaparía el ciudadano.

Doscientos treinta años después, esta sigue siendo una frase que revela un comportamiento respetado y asumido por los estadounidenses. No solo ellos. Tampoco europeos y nórdicos imaginan una vida sin pagar impuestos por una concepción cultural muy peculiar: “lo público es de todos”, por lo que no cabe en la cabeza de nadie que eso se sostenga sin el aporte comunitario.

Aquí en Paraguay esta es una frase que no comprenderíamos porque consideramos al acto de tributar como un castigo -que solo quienes no tienen la habilidad y picardía de evitar- están condenados a cumplir.

El confinamiento y los planes de salvataje del gobierno nos enseñaron -por vía del ejemplo- que el Estado piensa igual: de los 300 millones de dólares para el “subsidio de ingresos”, dos terceras partes fue a parar para el sector informal, mientras solo una tercera parte fue a parar a aquellos “atrapados” en la formalidad. En los hechos, quienes emplean formalmente, pagan sus impuestos, pagan IPS a sus trabajadores, presentan declaraciones juradas y están sujetos a la burocracia (cada vez más arbitraria de las instituciones) tuvimos que presenciar como el grueso fue para aquel grupo que no se preocupó nunca de colaborar con el sostenimiento de las cuentas públicas.

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Cabe preguntarse ¿de quién es esta responsabilidad? ¿Del gobierno? ¿De los gremios? ¿De los sindicatos? Básicamente no hay un solo culpable como tampoco puede existir un solo salvador de tal situación. Ahora bien, si podemos llamar a un grupo de ciudadanos que por acción u omisión han quedado en una situación muy peculiar respecto al manejo de nuestra democracia.

Esta gente no serían “privllegiados” como los dimos en llamar en los últimos tiempos (no pagan impuestos, no tienen a su personal declarado en IPS ni en el MTESS, son funcionarios públicos y no han sufrido la disminución de sus ingresos por la pandemia por lo que cobrarán sus haberes a fin de mes como cualquier otra época de la vida), deberíamos llamarlos “privilegistas”.

Podríamos decir que el denominador común de este grupo es mantener las bases del prebendarismo y clientelismo estatal indemnes para continuar con un estado injusto, ineficiente y arbitrario.

Este grupo de ciudadanos no están enteramente en el sector público. Ni todo el sector público es privilegista. Estos ciudadanos también están en los sectores empresariales, en los sectores académicos, en las iglesias, en las cooperativas, gremios, sindicatos y asociaciones.

¿Qué tienden a hacer? Nada que pueda quebrantar el régimen de confort que tienen hoy quienes deberían cambiar las reglas para construir un país más serio: silencio ante las injusticias del gobierno, que son agradecidas con la omisión de control, supervisión o auditorías por parte de sus amigos privilegistas del sector público para con sus emprendimientos. Silencios ante las decisiones desacertadas del gobierno para no perder la simpatía de aquellos que definirán la suerte de las contrataciones públicas. Privilegistas públicos que no quieren perder el beneficio de aquellos jefes que manejan “los porcentajes” y que guardan un interesado silencio para no perder el patrocinio de quien puede significar el escalón que falta para seguir ascendiendo en su pirámide corrompida.

Los privilegistas no ven nada malo en las declaraciones juradas de funcionarios que entraron con una mano adelante y otra atrás y hoy en día tienen haciendas, cuentas en el extranjero o departamentos en balnearios internacionales.

Los privilegistas no tienen un solo partido, no tienen una sola ideología.

Ser privilegista es una forma de vivir. La forma de vivir de aquellos que gritan “¡Queremos Cambio!” al inicio de una campaña pero que llaman por teléfono a sus amigos cuando le dicen que deben cambiar su informalidad, ilegalidad y deshonestidad para zafar de cambiar. Todos quieren cambio pero había sido que muy pocos quieren cambiar

Los hay de todos, en todos lados. Y la solución no es solo encontrarlos, sino contrarrestarlos. No acompañando su silencio, exigiéndoles posiciones públicas firmes y valientes, lo cual nos traerá problemas, no lo duden, pero la otra opción es encontrarnos en 20 años y seguir culpando de todo a la clase política, cuando que en realidad, sus verdaderos soportes, los “privilegistas”, viven en todas partes…. y desde hace años.