Pre-juicio

El escritor norteamericano Mark Twain con su gran sabiduría, sentido del humor y sagacidad acuñó una frase por la que se lo recuerda a menudo: “Es más fácil engañar a la gente que convencerla que han sido engañados”.

Esta situación es tan humana que de tanta obviedad se nos olvida pensar que nunca nada es tan seguro a nuestro juicio como aquello sobre lo que “estamos seguros” que sabemos y conocemos. Nos resulta mucho más cómodo quedarnos con “lo que sabemos” antes que encontrarnos engañados y “equivocados”. ¿A quién le gustaría, finalmente?

Yuval Noah Harari describe en su libro “21 lecciones para el Siglo XXI” el enorme coraje de los estudios Disney para haber producido y lanzado una película animada tan sensacional como “Intensamente” (Inside Out en inglés). Rompiendo la legendaria tradición de los cuentos de princesas y héroes de Disney, esta fabulosa historia cuenta de manera tan didáctica como entretenida el funcionamiento cerebral de una niña que en su preadolescencia se ve afectada por mudarse de ciudad con su familia.

Lo extraordinario de esta épica obra de Disney es que por primera vez, y con una sutilidad casi imperceptible, ha puesto a su protagonista no en el rol de cambiar la realidad controlándola sino a una frágil persona cuyo cerebro y sus fuerzas (alegría, tristeza, ira, entre otras) pelean entre sí para obtener el control del cerebro de la doliente niña.

Por primera vez, y a través del cine animado, los avances de la neurociencia nos son revelados para explicar cuan egoístas, ingenuos y torpes somos los seres humanos cuando pretendemos juzgar a los demás o al menos pretender que estamos lo suficientemente capacitados para formar un juicio “objetivo” sobre personas, sentimientos, conceptos o incluso sobre nosotros mismos.

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En la vidriera de nuestros tiempos, las redes sociales, vemos a diario distintos ejemplos. No importa lo que leemos. Más importancia tiene de quién viene. “Es el padre de fulano”, o “es el hijo de mengano” o “qué va a decir este con en ese apellido”. “Estoy seguro de que es homosexual”. “Es de la Iglesia, seguro que es un intolerante”.

Como señalaba Kant en su “Crítica a la razón pura”, llevamos puestas unas gafas con las que calificamos la realidad. Esas gafas pueden ser de color ámbar. Entonces si vemos un perro blanco, es muy probable que lo veamos de un color más cercano al dorado. Cuando veamos un vaso de agua probablemente podríamos llegar a pensar que está lleno de whisky. Todo esto porque el “color” de las gafas ha determinado nuestra visión sobre el objeto.

Es lo que ocurre con la realidad y la opinión. Con los hechos o sus características. No hay duda que vimos un perro. Es un hecho. Pero afirmamos que podría ser un Golden Retriever en lugar de un Pastor Blanco Suizo. No importan otras características, aquella que asumimos como conocida es la que valdrá. Y no importará cualquier estudio científico que determine lo contrario. E incluso la ciencia. El vaso en cuestión tiene 250 ml de líquido. Es un hecho. Pero si es agua, whisky o vodka mientras no nos acerquemos a percibir el aroma, seguirá siendo una opinión. Una opinión que surge del “color de los cristales” de nuestras gafas.

Como señala Harari, no importa para nosotros salir de la irrealidad para llegar a una realidad más amplia. El condicionamiento que tenemos desde nuestro propio cerebro como un conjunto de reacciones químicas que generan impulsos eléctricos y nos dicen quienes somos, qué nos gusta, adonde deseamos ir y qué ideas, personas y alimentos nos gustan son nuestra “programación” que por default tenemos en nuestro “sistema operativo”.

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Reconocer esta habilidad nos hará mucho más humanos. Harari diría “preguntarnos quienes somos y qué queremos no nos dejarán escapar de los condicionantes cerebrales pero sí permitirán que encontremos mayor sentido en cada decisión que tomamos”.

La vida, la política, la religión, la sociedad, se construye con la interacción con otros individuos y sus entornos. Entender que nuestra noción sobre ello es una limitación de nuestra realidad cerebral nos ayudaría a poder experimentar nuevas ideas y permitir que la gente nos sorprenda. Escuchar el mensaje antes de matar al mensajero amplía nuestra conexión con el mundo y nos enfrenta a ese simpático panel de control donde nuestros sentimientos y nuestras ideas centrales pelean por manejarnos la vida y tomar la siguiente decisión: vivir con o sin sentido nuestras vidas.

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