La “amistad” que China propone a América Latina

En apenas dos décadas, China ha pasado de ser un jugador relativamente secundario en América Latina a ser un socio principal de buena parte de los países regionales en términos de inversión, comercio, préstamos y construcción de infraestructuras. Un desembarco que ha acontecido con la potencia de fuego de su capitalismo de Estado: sus empresas estatales, los recursos financieros de sus bancos de desarrollo y el apoyo de una diplomacia incisiva y rumbo fijo.

China ha construido una relación mayormente asimétrica con América Latina. Una desigualdad que se visualiza sobre todo a través de la incapacidad de los gobiernos regionales para exigir a China que invierta en industrias de valor añadido y no sólo en la mera extracción de recursos naturales. Ahora bien, más allá de lo anterior, de los déficits comerciales, de la falta de reciprocidad o de las condiciones de sus préstamos, la asimetría más preocupante es de conocimiento.

Que China nos conozca mucho mejor que nosotros a ella es el primer desequilibrio que la potencia asiática aprovecha y usa a su favor. En la región latinoamericana esta carencia se hace particularmente obvia por los exiguos vínculos históricos, las barreras culturales, la distancia geográfica y, hasta hace poco, unos lazos comerciales bajo mínimos. Es ésta una inercia que, con una China llamada a tener una presencia global cada vez mayor, se hace imperativo invertir.

Porque si América Latina aspira a tener con el gigante asiático una relación que trascienda de la subordinación, entonces afrontar esta asimetría de conocimiento se intuye como un primer paso imprescindible. Sobre todo, porque en medio de la ignorancia existente sobre China, su historia, sus instituciones, su sistema político-económico y su partido único, el régimen de Pekín no duda en destinar ingentes recursos financieros y humanos para desplegar su poder blando y su influencia autoritaria en la región. Una estrategia que permite a Pekín monopolizar sin interferencias el discurso de la China actual, imponer su visión del mundo y marcar el rumbo de las relaciones bilaterales.

Establece así, a través de alianzas y acuerdos de colaboración financiados con su dinero, vínculos estables y duraderos con universidades, medios de comunicación, el mundo empresarial, actores de la sociedad civil y, de una forma cada vez más acentuada, con partidos políticos, como lo demuestra un reciente estudio de la Fundación Konrad Adenauer.

El Partido Comunista chino (PCCh), completamente fusionado con el Estado, dotado con ilimitados recursos financieros, pero no sujeto a control ciudadano alguno, ofrece así su “amistad” y “cooperación” a partidos democráticos que a menudo son frágiles, tienen pocos recursos y dependen de elecciones. Es evidente que no puede haber simetría en tales relaciones: la mera mención de que se trata de espacios de diálogo “entre partidos”, como le gusta presentarlos al PCCh, es en sí ya muy discutible. Pero a China estas relaciones le sirven como parte de su plan para captar a las élites locales y tejer con ello una red de aliados por toda la región. Con distintas motivaciones, políticos de toda ideología se prestan a los métodos de Pekín al aceptar las invitaciones para viajar a China con todos los gastos pagados.

Aunque con frecuencia se etiquetan como viajes de capacitación, tienen en verdad el único propósito de exponer a los visitantes latinoamericanos a la propaganda del régimen. El objetivo es que difundan en sus países los dogmas que para China son importantes y contribuir con ello a crear un consenso global favorable a las ambiciones geopolíticas de Pekín. Entre ellas, la “Iniciativa de la Ruta y la Franja” y la “Comunidad de destino común para la humanidad”, conceptos chinos que repiten sus aliados en sus países convirtiéndose así, conscientes o no, en embajadores de facto de los intereses chinos y en defensores por elevación de los valores autoritarios que emanan del régimen comunista. Rendidos ante la retórica de amistad con la que se envuelve la relación, muchos son ajenos al hecho de que en el lenguaje político de Pekín la amistad siempre es estratégica, no personal.

La seducción de las élites extranjeras se plantea además como un esfuerzo coral del PCCh. Como arroja el informe de la Fundación Konrad Adenauer, el PCCh mantuvo al menos 326 encuentros con representantes de partidos políticos latinoamericanos entre 2002 y 2020. A ello hay que sumar innumerables seminarios, conferencias y otros actos organizados y financiados por China, sobre las temáticas que para ella son prioritarias. El objetivo es entablar el vínculo personal y, eventualmente, moldear los discursos y la toma de decisiones.

Por tanto, a la ignorancia general sobre China se suma la citada estrategia de Pekín para llenar el vacío de conocimiento con sus narrativas a través de acuerdos institucionales y la captación de aliados. Se entiende así la tentación de algunas de estas mismas élites de presentar al modelo chino como más veloz y eficaz para el desarrollo que el occidental. Un elogio del autoritarismo chino que incorpora inevitablemente una depreciación tácita de unos valores –la libertad, la democracia, los derechos humanos– a los que se supone ninguno de los visitantes latinoamericanos querría renunciar.

A la anterior combinación fatal se une además la percepción por parte del mundo político y económico latinoamericano de que China es irremplazable como fuente de oportunidades. Y que, para que los negocios fructifiquen, es obligado que el clima político sea el óptimo para Pekín, lo que con frecuencia deriva en relaciones desiguales, pago de precios políticos y ausencia de crítica, cuando no en pleitesía.

Por tanto, no abordar el déficit de conocimiento con respecto a China condena a América Latina pagar un alto precio: la consolidación de la relación asimétrica. Un diagnóstico certero del interlocutor asiático, por el contrario, es la premisa previa para mantener con China los pies en el suelo.

(*) Periodista e investigador asociado del Centro para la Apertura y Desarrollo de América Latina (CADAL), autor del informe «El arte de hacer amigos: Cómo el Partido Comunista Chino seduce a los partidos políticos en América Latina», publicado por la Fundación Konrad Adenauer. Disponible en www.dialogopolitico.org.