Todos estos ingredientes que describimos hacen a las condiciones del éxito y muestran el temor a ser vulnerables. La “Vulnerabilidad” es un concepto que se asocia a debilidad: un individuo vulnerable es un individuo débil, paupérrimo en capacidad y con pocas herramientas para la notoriedad social. La sociocultura que brega en pos de la autonomía y el individualismo, se ha encargado de considerarla de rango inferior. Esta asociación deja expuesta la falacia. Lo cierto es que todos los humanos somos vulnerables, siempre hay situaciones que en el tránsito de la experiencia pueden torpedear profundamente nuestras defensas para adaptarnos.
Vulnerabilidad y trauma
La vulnerabilidad es un término complejo. La palabra vulnerabilidad se la asocia cada vez más a las condiciones del contexto más que a los individuos en particular, en función de eventos ambientales o sociales, por ejemplo. Por tales razones se habla de medio ambientes que vulnerabilizan ciudades o poblaciones vulnerables, para referirse a aquellos grupos de personas que son susceptibles de ser dañadas y se encuentran en situaciones de riesgo.
La vulnerabilidad puede definirse como la capacidad disminuida de una persona o un grupo de personas para anticiparse, hacer frente y resistir a los efectos de un peligro producido por la naturaleza o causado por la actividad humana, y para recuperarse de los mismos. Situaciones de catástrofes naturales como terremotos, maremotos, tsunamis, erupciones volcánicas, incendios forestales; situaciones provocadas por humanos como asesinatos, actos criminales, abuso sexual, violaciones sexuales, violencia de todo tipo, dictaduras, hecatombes económicas, crisis políticas, etc., constituyen parte de la nómina de los hechos que pueden perturbar la estabilidad de las personas.
Algunos autores la diferencian en una vulnerabilidad antropológica, entendida como una condición de fragilidad intrínseca al ser humano como ser biológico y una vulnerabilidad sociopolítica, entendida por la pertenencia al grupo social que implica a factores económicos, culturales, ambientales y políticos que vulnerabilizan al ser humano.
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Pero, debemos tener en cuenta que el hecho que vulnerabiliza no es un hecho traumático en sí mismo, sino dependerá de la atribución de significado que le otorgue la persona. Todo lo que pasa por nuestros filtros, tanto nuestra historia como nuestra experiencia, sumadas a los significados que les hemos dado. Supongamos la pandemia: ¿es para todos, la misma pandemia? Cada uno la vive de acuerdo a como la construya de acuerdo a su vivencia. Hay tantas pandemias como seres humanos sobre el planeta. Un terremoto: para alguien que lo vivencia tendrá un significado, mientras que para otro al que le fue narrado el hecho o leído en el diario como una noticia tendrá una semántica muy diferente. Hay tantas versiones del terremoto como personas que se enteraron del hecho. Esta distinción implica que un jefe psicópata puede causar serios problemas en sus empleados: algunos estallarán, alguien se duerme, otra se estresa, a alguien le duele la cabeza, y a otros nada. Algunos se vieron vulnerabilizados sintomáticamente, mientras que otros siguieron con su vida normal. Por lo tanto, la vulnerabilidad es subjetiva.
El impacto ambiental es impacto en cuanto a la relación al significado que se le atribuye al hecho. Es decir que al hecho se lo convierte en un evento traumático de acuerdo a la atribución con que se lo categorice. Por lo tanto, una situación traumática es un impacto, una perturbación emocional que puede convertirse en traumática, o sea, puede ser cualquier evento lo suficientemente importante para el individuo (y como tal subjetivo) como para producir una herida psicológica y emocional.
Un trauma puede definirse como un umbral crítico que desestabiliza el equilibrio psicológico y emocional de la persona. El manual de trastornos mentales describe al trauma bajo la entidad de Trastorno por estrés postraumático como exposición personal directa a un suceso que envuelve amenaza real o potencial de muerte, grave daño u otras amenazas a la integridad física personal, ser testigo de un suceso que envuelve muerte, daño o amenaza a la integridad física de otra persona, enterarse de la muerte no esperada o violenta, daño serio, amenaza de muerte o daño experimentado por un miembro de la familia u otra relación cercana. La respuesta de la persona al suceso debe envolver miedo intenso, sentido de incapacidad de ejercer control u horror. En niños, la reacción debe envolver comportamientos agitados o desorganizados.
Resiliencia y empoderamiento
La vulnerabilidad que genera una situación traumática, su recuerdo recurrente y su persistencia en el tiempo, disminuyen las capacidades de la persona y laceran su autoestima. Tenemos que observar qué recursos posee para lograr enfrentar el fantasma traumático y qué capacidades puede desarrollar para poder resolver una situación que lo inhabilita. Entonces ¿será capaz de ser resiliente?
La resiliencia es la capacidad para vivir y desarrollarse positivamente a pesar de los episodios traumáticos que se pudieron haber transitado. Es la posibilidad de superación, la salida airosa del caos. Una situación traumática encierra numerosos golpes bajos emocionales que no son fáciles de elaborar, pero a estas huellas catastróficas, un resiliente le confronta sus recursos internos y sus capacidades. Es un concepto derivado de la física y la química, y describe la capacidad del acero para recuperar su forma inicial a pesar de los embates que puedan hacerse para deformarlo. Es un término que se toma de la resistencia de los materiales que se doblan sin romperse para recuperar la situación o forma original.
Si una persona logra superar la situación dificultosa, sale fortalecida. Quiere decir, que la experiencia superada se traduce en valoración personal, fuerza, seguridad para enfrentar futuras situaciones. La resiliencia es una gran fuente de retroalimentación. La Neurociencia afirma que los individuos más resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés, amortiguando las presiones, con lo cual, se incrementa el control frente a las experiencias y mayor capacidad para afrontar los hechos.
En las situaciones estresantes se pone en juego esa capacidad de resistencia y resiliencia. Muchas situaciones en la vida de una persona tienen esas características de impacto traumático, por ejemplo: violaciones, abusos sexuales, violencia física y maltrato, la muerte inesperada de un ser querido, enfermedades terminales, el abandono afectivo, las separaciones, el fracaso, las catástrofes naturales, las guerras, las persecuciones políticas, pobrezas extremas, etc.
La resiliencia se aprende
Si bien hay personas que tienen una tendencia natural a confrontar las situaciones difíciles y oponerle las propias capacidades, o sea, una actitud resiliente, la resiliencia se aprende. La toma de consciencia de nuestros valores personales y de nuestras posibilidades, ser autoconscientes de lo que podemos y lo que no estamos capacitados, es una forma de ejercitar la resiliencia. Es la noción de empoderamiento. Y el espacio de la psicoterapia, es un lugar de aprendizaje resiliente, como tantas relaciones humanas.
La actitud resiliente es la tendencia comportamental de ciertas personas frente a situaciones adversas. Como señala Cyrulnik, “La resiliencia implica que en nuestro desarrollo como individuos y en sociedad, se conjuguen las decisiones valientes que tomamos cada día, el placer de intercambiar con otras personas, el compartir el afecto, la pasión que pongamos en lo que hagamos, las ganas de aprender, las iniciativas, la actitud positiva sobre las cosas o situaciones de vida, […] en definitiva, va a hacer que la cinta transportadora cambie el sentido de la marcha. Gracias a los logros de nuestra voluntad, en nuestro cerebro se producirán reacciones químicas que aumentarán nuestra sensación de placer y bienestar y amplificarán nuestra sensación de felicidad”.
Pero esta capacidad de desarrollarse y crecer a pesar de los vientos desfavorables que la vida le impuso al resiliente, no sólo se encuentra en sus recursos personales, sus potencialidades, su fuerza, su espíritu de lucha, su inteligencia y fundamentalmente sus ganas; sino también los recursos que se hallan en su entorno: su familia, los grupos secundarios, sus amigos, etc. Éstos son los pilares afectivos que sostendrán al resiliente: es decir el amor de los demás nos puede sostener.
En psicoterapia se aprende, preventivamente, no solo al ejercicio de la resiliencia y al empoderamiento del paciente, sino a establecer un radio social en el que se retroalimente de afecto y siente las bases de un intercambio relacional que amortigüe las futuras crisis y ayude a transitarlas junto con el entorno afectivo. Reiteramos somos seres relacionales, entonces, en las situaciones críticas no solamente estamos nosotros con nosotros mismos, sino con la gente que amamos. Juntos y mancomunados, está la clave de nuestra vida y nuestro crecimiento personal.