Palmerston, nosotros y la UE

Erróneamente dije, el pasado viernes 16 en La Primera Mañana por la 730 ABC Cardinal, que Palmerston, ministro inglés de exteriores cuando habló, dijo lo que sigue durante el Congreso de Viena de 1815, cuando, revisando Wikipedia, lo dijo tiempo después:

“Sostengo que la política real de Inglaterra es ser adalid de la justicia y el derecho, buscando ese objetivo con moderación y prudencia, sin convertirse en el Quijote del mundo, pero prestando el peso de su sanción moral y soporte donde ella crea que está la justicia, y donde ella crea que se ha causado el mal… En consecuencia digo que es una política estrecha suponer que ese o aquel país deben ser marcados como eternos aliados o eternos enemigos de Inglaterra. Nosotros no tenemos eternos aliados, y no tenemos enemigos perpetuos. No tenemos eternos aliados y no tenemos perpetuos enemigos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y a esos intereses es nuestro deber seguir” (1 de marzo de 1848, ante la Cámara de los Comunes).

Entre paréntesis, lo dicho por Palmerston puede describir ahora la posición del presidente norteamericano Donald Trump casi a la letra, incluso en la cuestión moral.

Sería deseable que la definición de Palmerston fuera la de nuestra política exterior siempre, pero más ahora que el orden internacional formulado en la Conferencia de Yalta de febrero de 1945 ha dejado de funcionar por completo.

Mencioné a Palmerston porque estábamos conversando con mis compañeros Sara Moreno y Javier Panza sobre el acuerdo de Mercosur y la Unión Europea, sobre el que pienso que es profundamente perjudicial para los intereses permanentes de nuestro país al imponernos obediencia perpetua al “Acuerdo de París” que otorga fuerza legal al disparate climático, dogma que acusa a la especie humana de los cambios de temperatura, que, en realidad, es el instrumento de los fascistas del Foro Económico Mundial para establecer una gobernanza global corporativa.

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Corporativa, no democrática, antidemocrática, liberticida y semejante en todo a la “Doctrina del Fascismo” (1932) de Benito Mussolini.

No sólo nos impone esa sumisión eterna, sino que nos somete a la tutela eterna de organizaciones europeas encargadas de juzgar su implementación y cumplimiento, restableciendo de facto el poder colonial europeo sobre nosotros, para cuya prevención había enunciado James Monroe, desde Estados Unidos, su famosa “Doctrina Monroe” (diciembre de 1823) la más importante garantía externa de nuestra Independencia:

“…los continentes Americanos, por la condición libre e independiente que han asumido y mantienen, no deben…ser considerados sujetos de futura colonización por ningún poder europeo…cualquier intento de su parte por extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad… Nadie podría creer que nuestros hermanos del Sur…adoptarían (el sistema europeo) por propia voluntad”.

El restablecimiento de la tutela colonial europea, disfrazada de acuerdo de “libre comercio”, es inaceptable y debería ser combatida siempre.

evp@abc.com.py