El mediático cruce entre la senadora Celeste Amarilla y el futbolista Mbappé es el ejemplo perfecto de este canibalismo digital. Esto no es para defender a la legisladora ni al jugador de Francia; de hecho, ya se gastaron tantas palabras en un tema irrelevante mientras había otras cosas más urgentes.
Lo preocupante es la gran ola de desinformación que surgió del caso, impulsado por pasiones y odio sin fundamento. Las redes se llenaron de videos inventados de Mbappé y Amarilla, materiales creados con IA, y que el algoritmo impulsaba por ser tendencia.
Llegamos a ver en medios internacionales escandalizados por el video de un tradicional “Judas Kái” con el nombre del jugador en un San Juan. Con solo mirar el video, nos tildaron de ser racistas y violentos sin dedicarle un solo segundo a entender el contexto de nuestra cultura popular. De esta manera, se puede comprobar que un texto sin contexto es solo el pretexto perfecto para el linchamiento virtual.
Bajo esa premisa de la mentira oportuna, una influencer francesa, “Sally”, se colgó del escándalo para acusar a Paraguay de racista e inventaba una supuesta e histórica “limpieza étnica” de poblaciones afrodescendientes e indígenas. Ante esto, el portal de verificación Parámetro desmanteló sus argumentos y demostraron que eran falsos y engañosos. Sin embargo, su desinformación oportuna funcionó a la perfección para ganar seguidores y defender a su ídolo con datos erróneos.
La desinformación también se nutre del “tekorei”. Tras la victoria de la Albirroja ante Alemania en el Mundial 2026, Santiago Peña anunció en su cuenta de X que decretaría feriado al día siguiente. Sin embargo, ante la tardanza del decreto oficial, se crearon comunicados falsos imitando el formato del Gobierno. Se viralizó tan rápido que el propio subsecretario de Estado de EE.UU., Christopher Landau, cayó en la trampa y lo compartió.
También, los aliados del Gobierno impulsan campañas sucias de desinformación con el único fin de desprestigiar a los periodistas y medios de comunicación. Buscan que la ciudadanía deje de creer en todo, y hacen ruido para engañar oportunamente.
El verdadero peligro de nuestra era es nuestra propia pereza intelectual. Si desde el ciudadano sentado en su sofá con el celular en la mano hasta una autoridad instalada en su escritorio seguimos consumiendo y reenviando alguna mentira que nos resulta cómoda, terminaremos viviendo en una ficción, gobernada por el capricho y el diseño del algoritmo.
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