Sakura de La Paz

En 1958 llegaron a Itapúa las primeras trescientas veinte familias japonesas de la cuarta oleada migratoria posterior a la Segunda Guerra Mundial. Venían de un país destruido y, según cuenta la tradición local, eligieron para su nuevo asentamiento un nombre que resumía lo que buscaban después de tanto conflicto, La Paz. Casi setenta años después, ese distrito de apenas 256 kilómetros cuadrados es conocido en todo el país por un espectáculo que dura, en el mejor de los casos, poco más de dos semanas al año, la floración de sus cerezos.

Los primeros árboles no tienen un origen fundacional tan solemne como el de la ciudad. Fueron plantados hace poco más de veinte años por un voluntario japonés de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA), que trajo semillas desde el Jardín Japonés de Buenos Aires y pidió permiso al entonces intendente, Yuzuru Miyasato, para cultivarlas en el predio de la Asociación Japonesa.

El voluntario terminó su período de servicio y regresó a Japón antes de ver germinar las semillas; fueron los vecinos de La Paz quienes las cuidaron hasta que, un invierno cualquiera, las ramas se llenaron de flores rosadas. De esos primeros ensayos surgió lo que hoy se promociona como el Paseo Turístico Natural del Cerezo en Flor, y lo que el distrito aspira a consagrar oficialmente como su identidad: la Capital Nacional del Cerezo en Flor.

Este año la temporada cerró antes. Las lluvias que cayeron sobre la región durante el invierno alteraron el ciclo de floración, adelantaron la caída de los pétalos y dejaron a más de un visitante con menos flores de las que esperaba encontrar. El sakura necesita días de frío intenso seguidos de sol para abrirse bien, y basta una tormenta fuera de tiempo para acortar lo que ya de por sí es breve.

Nadie va al Paseo del Cerezo a admirar algo permanente. Se va, precisamente, porque no lo es. La floración del sakura no compite con los lapachos ni con ningún otro árbol paraguayo en duración; su valor está en otro lado, en esa combinación exacta de belleza y fecha de vencimiento que obliga a mirar ahora, porque después ya no va a estar.

En Japón, a esa costumbre de sentarse bajo los cerezos para contemplarlos se la llama hanami, admirar las flores. En La Paz, sin ese nombre pero con el mismo gesto, generaciones de descendientes de aquellos primeros inmigrantes repiten cada año una versión local de lo mismo.

Que esta temporada haya sido más corta por las lluvias no la vuelve menos valiosa. Si acaso, la vuelve más fiel a lo que el cerezo viene enseñando desde que llegó a estas tierras, que lo efímero no es una versión disminuida de lo permanente, sino otra manera de que algo importe.

sergio.gonzález@abc.com.py