Cada vez menos transitable

En San Pedro ya no se habla de caminos en mal estado; se habla de una geografía donde transitar se ha convertido en un acto de fe. Circular por el segundo departamento exige paciencia, habilidad al volante y, en algunos tramos, hasta resignación. Los caminos rurales están destrozados y las rutas pavimentadas parecen haber entrado en una competencia para definir cuál presenta el mayor número de baches.

Mientras los ciudadanos esquivan cráteres, las instituciones también parecen esquivar sus responsabilidades. Los municipios hacen lo que pueden con recursos limitados, la Gobernación intenta atender múltiples frentes y el Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC) parece haber borrado a San Pedro de su mapa de prioridades. La ausencia de una respuesta sostenida resulta cada vez más difícil de justificar.

Las máquinas del MOPC merecen un lugar en un museo antes que en un campamento vial. Muchas superaron hace tiempo su vida útil y continúan funcionando gracias al ingenio y al enorme esfuerzo de los operarios, que hacen milagros con equipos obsoletos. El problema no es la falta de voluntad de los trabajadores, sino la evidente falta de inversión y planificación.

Las rutas PY08, PY11 y PY22 son un retrato de la improvisación. Las más antiguas están destruidas y, para completar la ironía, algunas obras nuevas comienzan a mostrar deterioros incluso antes de consolidarse plenamente. Pareciera que los baches forman parte del proyecto de ingeniería y que la inauguración oficial consiste simplemente en habilitar una nueva carrera de obstáculos.

Las grandes obras avanzan a paso de tortuga y el control de calidad parece circular por otro camino. En San Pedro cuesta encontrar presencia efectiva del MOPC, tanto para reparar la infraestructura existente como para fiscalizar que las obras se ejecuten con estándares adecuados.

Al final, quienes siempre terminan reparando los caminos son los ciudadanos. Comunidades enteras organizan mingas, productores aportan maquinaria, vecinos cargan ripio y estudiantes sortean barro y pozos para llegar a clases. Es una imagen tan admirable como preocupante: el Estado observa desde la distancia mientras la población intenta reemplazarlo.

San Pedro no necesita discursos sobre desarrollo; necesita caminos por donde ese desarrollo pueda transitar. Porque las rutas no solo unen ciudades, también conectan escuelas, hospitales, producción y oportunidades. Y cuando el abandono se vuelve paisaje, el mayor peligro es que la desidia termine pareciendo normal.

omar.acosta@abc.com.py