Es una delicia disfrutarlos pero, cuando uno lo hace, tiende generalmente a idealizar el lugar y a suponer que todos sus habitantes viven el cuento de hadas que imaginamos… en el caso de Italia con esa “dolce vita” que Federico Fellini caricaturizó en 1960 para burlarse de los ricos.
Pero no hay “dolce vita” para los italianos. Pagan demasiado a un Estado cuasi policiaco que les regula todos los aspectos de la vida, desde a qué temperatura pueden regular sus heladeras y aires hasta qué velocidad pueden imprimir a sus autos en las rutas, no ya con radares, que los hay cada pocos kilómetros, sino hasta desde adentro del auto, cuya computadora está programada para someterte a las reglas.
Roma sigue siendo Roma y el Panteón de Adriano, el Coliseo de Tito, la plaza de España y el Vaticano embelesan como siempre a sus visitantes, sólo que ahora, incluso con Giorgia Meloni, con menos refugios contra el calor y menos hielo que en los buenos tiempos.
Supongo, porque parece haber una suerte de competencia en que participan mujeres y hombres sobre apariencia, que los italianos además sufren un esquema de control social tan opresivo como el victoriano, que les compele a vestirse, actuar, hablar y comer de modo “políticamente correcto”. No dudo que quedará aún algún italiano gruñón, pero el estereotipo social que se impone como modelo es “el hombre de Davos” que nos anunció Samuel Hunttington.
Sin embargo, estas “personas de Davos” que hoy imperan en lugar de aquel gruñón satanizado y estigmatizado, le deben al gruñón la riqueza que están dilapidando a pasos agigantados, pues él la creo en los tiempos de Alcide De Gásperi.
Estos soretes de Davos no pueden crear nada, nunca han creado nada, salvo las estúpidas regulaciones mencionadas al principio, que no sirven para generar riqueza sino para fumarla en esos “observatorios”, llenos de “consultores” buenos para nada, que son la nube de pedo de la que surgen todas sus normas que paralizan la creatividad y la productividad y exigen “policiamiento” que presta salario a otros tantos inútiles.
En realidad es un mero proceso de transferencia de recursos, de los comunes, víctimas de las regulaciones, a los reguladores, que son dichos “consultores” y los empresarios que son los que, verdaderamente, impulsan este orden cada vez más caro y menos amigable.
Italia, que tiene mucha Historia, ya sufrió no uno sino varios procesos parecidos, el más conocido de los cuales fue la toma del poder por los cristianos durante el Imperio Romano. Y parece que no se cansa de repetirlos, tal vez porque sabe que igual es bella.
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