Bono demográfico, divino tesoro en los territorios

Cada año en septiembre, en el marco del Día de la Juventud, el debate público en Paraguay vuelve a situar en el centro la idea del bono demográfico, esa ventana histórica de oportunidad en la que la población en edad de trabajar supera ampliamente a la población dependiente. Sin embargo, al analizar los promedios nacionales, corremos el riesgo de invisibilizar una realidad tajante: la oportunidad demográfica no se vive de la misma manera en todo el territorio nacional.

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Hablar de la juventud paraguaya como un grupo homogéneo es una abstracción. La experiencia de ser joven en Asunción o en el departamento Central dista profundamente de la realidad en San Pedro, Caazapá, Canindeyú o en las comunidades del Chaco. Existe una “geografía de la oportunidad” que determina en gran medida las posibilidades de educación, empleo formal y desarrollo de un proyecto de vida digno.

En Paraguay residen más de 1,5 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años. De este total, el 74% habita en áreas urbanas y solo el 26% en zonas rurales. Esta marcada concentración urbana no es producto del azar, sino el reflejo de un continuo proceso migratorio interno impulsado por la falta de alternativas locales. Miles de adolescentes y jóvenes se ven forzados a desarraigarse de sus comunidades de origen en busca de ofertas educativas secundarias o universitarias y de un mercado laboral que les absorba.

Las asimetrías territoriales se reflejan con claridad en el nivel educativo de la población joven. En 2025, el 83,4% de las personas de entre 18 y 29 años en Asunción y el 80,9% en Central completaron la educación secundaria. Esta tendencia varía significativamente en otras zonas del país: en departamentos como Caazapá, San Pedro y Canindeyú, la proporción de jóvenes que alcanzaron los 12 años o más de estudio se reduce a cerca del 60%.

Consecuentemente, las diferencias en los años de estudio alcanzados por la juventud plantean una pregunta sobre sus oportunidades de acceder a empleos de calidad. Esa preocupación cobra fuerza ante los datos del mercado de trabajo: el 66,1% de las personas de 18 a 29 años ocupadas fuera del sector agropecuario trabaja en la informalidad, cerca de dos de cada tres. De ese grupo, el 77,6% reside en áreas urbanas y el 22,4% en áreas rurales.

El bono demográfico no durará para siempre; las proyecciones muestran que hacia mediados de siglo la estructura poblacional comenzará un proceso acelerado de envejecimiento. Cada año en que una región del país queda rezagada en la formación y absorción laboral de sus jóvenes es un año irrecuperable para el desarrollo nacional.

Aprovechar esta ventaja histórica exige una estrategia de corto y medio plazo, concreta y sostenible. Esto implica llevar la educación técnica y universitaria a cada rincón del país, acompañada de conectividad y transporte que acerquen a las y los jóvenes al conocimiento sin tener que desarraigarse. Es necesario también crear incentivos económicos locales para que las iniciativas productivas e industriales sean exitosas en todo el país, generando empleo formal donde la gente nace y quiere vivir. Y, por supuesto, esto no será posible sin garantizar servicios básicos de salud, prevención y espacios comunitarios que hagan del arraigo una opción real y digna.

El verdadero dividendo demográfico sólo será posible cuando el lugar donde nace una o un joven paraguayo, ese divino tesoro, deje de ser el factor determinante de sus oportunidades. Descentralizar el desarrollo no es solo una cuestión de equidad territorial, es la condición imprescindible para que todo el Paraguay prospere.

  • Representante Nacional del UNFPA en Paraguay