El 30 de abril recordamos el Día del Maestro. Merecen gratitud las personas que cumplen con su labor de educadores dentro de un salón de clases y aquellas que guían nuestros pasos desde distintos roles, como el de padres, abuelos, hermanos, amigos o simples conocidos con los que coincidimos en las calles.
Los primeros maestros en la vida son los padres, porque desde el momento en que un hijo abre los ojos, los progenitores prometen cuidarlo y guiarlo para que no sufra. Maestro es el papá que te agarró de las manos mientras intentabas dar tus primeros pasos y maestra es la mamá que te enseñó a ser respetuoso con los demás.
¿Quién podría olvidar a la profesora del jardín de infantes? Fue esta dulce mujer la que te ayudó a pintar con las crayolas y se esforzó para que te acostumbraras al nuevo ambiente de la escuela, pues sabía que ibas a extrañar a tus padres.
El paso de los años te dio la oportunidad de tener diferentes educadores que te transmitieron sus conocimientos. Gracias a esto, tu visión del mundo se fue ampliando; el profesor de matemáticas te enseñó a utilizar los números para resolver situaciones de la vida cotidiana; la maestra de literatura te hizo leer textos de grandes escritores que ayudaron a formar tu pensamiento crítico y el catedrático de historia te demostró que es necesario conocer el pasado de un pueblo para entender su presente.
El valor de la enseñanza es incalculable, porque implica que alguien da un poco de sí a las demás personas. Un buen maestro no solo se encarga de plantar la semilla del conocimiento en el alumno, sino también procura que la plantita se convierta en un gran árbol capaz de dar muchos futos.
Además de los educadores que nos dictan las clases dentro de un aula, contamos con profesores de la vida, quienes nos transmiten las enseñanzas que les brinda la experiencia.
Los niños son maestros que nos demuestran que no necesitamos recetas para sonreír. El joven que ganó una beca para estudiar en el exterior es un maestro que nos revela que la dedicación es la clave al momento de lograr los objetivos. La mujer que trabaja incansablemente día y noche, con el fin de llevar el pan a su hogar, es una maestra, ejemplo de sacrificio y amor.
Las personas que hacen germinar la semilla del conocimiento en los otros merecen interminables agradecimientos y aplausos. Por eso, ¡salud por los maestros que, con la pizarra, sus conocimientos y su voz como únicos elementos, enseñan a los alumnos! ¡Otro brindis por los maestros de la vida, quienes dictan cátedras en el bus, en las calles y en nuestros hogares!
Por Viviana Cáceres (19 años)
