El ruido desesperante de la chatarra en la que viajaba ya me hacía doler la cabeza, pero eso no era lo único que me ponía incómoda. A la orden del rojo en la avenida, el colectivo se detuvo, luego ya no arrancó y la frustración del chofer nos advirtió que ya ninguno de los tres pasajeros avanzaríamos y tendríamos que bajarnos.
Eran dos varones los que también estaban en el colectivo. Uno, joven morenito, que había sido cautivado por el alcohol a su corta edad, se encontraba hacia el fondo del colectivo y el otro, que ni quiero describir, se sentó detrás de mí apenas había subido.
Mi incomodidad no pensaba cesar en medio de esa noche fría y desolada, rodeada por extraños, cuando iba camino a casa luego de salir tarde del trabajo. Sin embargo, esas taciturnas horas de luna no se comparaban con otras experiencias mías que, tarde o temprano, cobraban factura dentro de mis pesadillas.
Al estar fuera del bus, decidí caminar hasta mi hogar. “Es igual de peligroso esperar otro micro con estos tipos que avanzar a pie”, pensé, mientras ya iba acelerando mis pasos en una inercia inesperada.
La tenue sombra de mi figura asustada en la calle se sentía acosada por otra más malevolente; así que, en mi ansiedad, avanzaba más rápido. Di un paso, otro más largo y más veloz. Miraba al suelo por si divisaba la sombra de alguien que me seguía.
Ni siquiera me atrevería a voltear para saber si me perseguían o lo que me daba tanto pavor solo estaba en mi mente. Volver mi rostro hacia donde caminé, quizás, significaría para mí ver cara a cara al mismísimo miedo.
Ya no sabía si yo era la Abigail tímida de hace un año o la supuestamente fuerte de la actualidad. Así también, mi palpitar acelerado me llevó doce meses al pasado para revivir el momento en que un hombre desconocido casi me alcanza, tal vez, para marcar mi vida con un final trágico y macabro.
“Si es que me realmente me siguen, no tendré tanta suerte como la última vez, cuando me topé con una patrullera milagrosa”, analicé, mientras mis piernas ya no daban más y la luz al final del camino era mi casa, pero todavía no llegaba.
No sé si fue una piedra la que provocó mi caída, pero de lo que estoy segura es que, de repente, yo ya estaba tirada en el suelo. Cuando me fijé, nadie acechaba detrás de mí, pero el temblor de mis manos y el sudor frío de mi cuello me dijeron que no hay peor terror que estar así de sola y sin protección.
No era mucho lo que me faltaba recorrer en ese camino que parecía interminable. Poco después, mi casa me recibió entre suspiros y caricias de un viento que me tranquilizaba, pero el temor a sentirme sola, entre los peligros de un mundo con todo tipo de personas, siempre quedó en mi corazón.
Por Eliseo Báez (16 años)
