Tomar tereré al lado de un lago cristalino, ¿dónde?

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¿Te imaginás vivir cerca de un arroyo cristalino, en el cual puedas refrescarte o disfrutar de un rico tereré? Muchos podríamos tener ese privilegio, si tan solo cuidáramos nuestros recursos hídricos, pero lo único que vemos son aguas llenas de basuras.

En nuestro país, contamos con numerosos recursos hídricos, pero no podemos aprovechar casi ninguno de ellos, debido al nivel de contaminación en el que se encuentran. Nuestras fuentes de agua potable se podrían extingir en el futuro, si no tomamos conciencia a tiempo.

El arroyo Mburicaó, por ejemplo, está ubicado en Asunción, cuenta con más de 16 kilómetros y atraviesa los principales barrios de la ciudad. Podría ser el mejor atractivo turístico de la capital pero sus aguas están altamente contaminadas por diversas sustancias nocivas. Los pobladores arrojan toneladas de basuras de todo tipo y las empresas que se encuentran en la zona se deshacen de sus desperdicios en los cauces del arroyo. El mismo desemboca en el río Paraguay, de donde la ESSAP obtiene el agua que distribuye a la ciudad; sí, muchos tomamos el líquido vital, aunque previamente tratado, proveniente de ese lugar tan sucio.

La laguna de Itá se halla en un bello parque de la ciudad; cuenta con numerosos yakarés en el lugar y es el mayor atractivo turístico de la zona. Sin embargo, hoy también se encuentra en un estado bastante preocupante, pues sus aguas están verdes a causa de la propia población, que arroja al sitio basuras y agua servida, producto del lavado de ropas, por ejemplo.

También los arroyos de Capiatá, Lambaré y San Lorenzo se encuentran en parecida y crítica situación. Algunos pobladores sanlorenzanos están intentando recuperarlos; sin embargo son pocas las manos y no pueden luchar contra la inconsciencia de la mayoría.

Y cómo olvidar al lago “azul” de Ypakaraí, que ya pasó por todos los colores. En el 2010, las playas llegaron a estar llenas de algas tóxicas provenientes de desechos cloacales, industriales y de basura. La sequía del río Pilcomayo también se encuentra en la larga lista de zonas afectadas debido a la inconsciencia y falta de acciones de prevención.

Cuando buscamos a los culpables de esta grave crisis en la que se encuentran nuestros recursos hídricos tenemos varios a ser señalados: La ciudadanía, que arroja toneladas de basuras domésticas al arroyo; las empresas, que se deshacen de sus desechos, altamente tóxicos y sin previo tratamiento; los municipios que deberían velar por el bienestar de cada ciudad y, claro, la Secretaría del Medio Ambiente, cuya misión es el cuidado de todos los recursos ambientales del país.

La SEAM debería luchar por evitar la contaminación por parte de las industrias; de hecho, según la Ley Ambiental 3239, uno de sus deberes es “Tender a la economía en el uso de los recursos hídricos, a través de su utilización racional y eficiente, posibilitando, así la disponibilidad para otros usos, previendo sobre su derroche, contaminación y degradación”.

Todas las empresas que derraman sus fluidos a los arroyos deberían contar con plantas de tratamiento que disminuyan el impacto ambiental, pero como siempre, en nuestro país todo se queda en los papeles y las leyes no se cumplen. Los encargados de penalizar los crímenes contra el medio ambiente solo multan a las industrias y no se encargan de hacerle un seguimiento o clausurarlas directamente en los casos de reincidencia.

Con el paso del tiempo y el crecimiento económico del país, los paraguayos hemos ido descuidando cada vez más nuestros recursos naturales en general y, al ser un país rico en aguas dulces, que hoy no contemos con playas libres de contaminación es demasiado decepcionante. Podríamos tener muchos sitios de recreación sana y potenciales lugares turísticos, si tan solo fuéramos conscientes.

Nos quejamos por ver las aguas sucias pero no dejamos de ensuciarlas ni hacemos algo para limpiarlas. Los culpables somos todos los que dejamos que la situación llegue a este punto crítico, ya sea por contaminar directamente o por ignorar mientras otros lo hacen y no reclamar el cuidado de los cauces.

Si seguimos a este ritmo, las generaciones futuras pronto quedarán sin el líquido vital y mucho menos tendrán la posibilidad de saber lo que se siente bañarse en un arroyo libre de basura o pasar el día tomando tereré a lado de un lago cristalino.

Por Ana Jazmín Lezcano (20 años)