9 de enero de 2026

Después de semanas de cenas, brindis, visitas familiares, y amigos que regresan por vacaciones, llegó enero. La heladera está más vacía, la agenda también. Lo que para muchas personas es un alivio, para otras se convierte en una mezcla extraña de cansancio, rareza… y culpa por necesitar, de forma casi urgente, estar solas.

Al final de cada año se repite el ritual: balances rápidos, listas de propósitos y una sensación de prisa por “empezar mejor” el próximo ciclo. Sin embargo, cada vez más personas están cambiando el cierre automático por algo distinto: una revisión lenta, casi quirúrgica, de lo vivido. No tanto para hacer más el año siguiente, sino para cargar menos.

A medida que diciembre avanza, la euforia de las fiestas oculta un fenómeno creciente: la “depresión festiva”. Este estado emocional afecta a millones, intensificado por la presión social, la soledad y las expectativas desmedidas que rodean la Navidad.

El ideal del amor romántico se cuestiona: investigaciones demuestran que mantener espacios individuales en las relaciones no solo afianza la conexión, sino que es clave para la satisfacción y el bienestar emocional.

Diciembre redefine la conexión familiar, transformando el caos festivo en oportunidades únicas para fortalecer vínculos. Claves expertas sugieren que no se trata de más tiempo, sino de calidad; aquí te compartimos hábitos sencillos para reimaginar estas fiestas.

Con cada diciembre, un impulso cultural se repite: finalizar el año con máxima productividad. Sin embargo, este “síndrome del último sprint” refleja un fenómeno neurobiológico donde el agotamiento compite con la ambición, dejando a muchos al borde del colapso.