El sueño vinícola que viajó de Italia a Uruguay hace un siglo

PROGRESO. El amor por sus tradiciones, la llegada del ferrocarril que bautizó a una ciudad con el nombre de Progreso y una tierra fértil para plantar fueron los principales ingredientes que utilizó un inmigrante italiano para comenzar a escribir su historia vinícola en 1919.

El interior de la Bodega Pisano, en Progreso (Uruguay).
El interior de la Bodega Pisano, en Progreso (Uruguay).EFE

Procedente de la región de La Liguria (norte de Italia), Cesare Secundino Pisano se instaló en la ciudad de Canelones y, usando los conocimientos transmitidos por su padre, Francesco Pisano, plantó los viñedos originales. Hoy, cien años después, aquel sueño heredado de la tradición ancestral da la vuelta al mundo dentro de botellas que parten desde Uruguay hacia países como Bélgica, Brasil, Costa Rica, Estados Unidos, Francia o Reino Unido y así hasta 48 en todo el orbe.

“Le vendemos vino a los franceses, que es como venderle hielo a los esquimales”, relata Gustavo Pisano, miembro de la tercera generación de una familia dedicada a la cultura del vino desde hace un siglo. Esta es la historia de una de tantas bodegas ubicadas en esta ciudad del departamento de Canelones, a unos 35 kilómetros de Montevideo, que la semana pasada celebró la Fiesta nacional del vino y la empanada, encuentro típico donde los asistentes han podido degustar estos alimentos y disfrutar de distintos espectáculos.

Parte de la Bodega Pisano, en Progreso (Uruguay).
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En la plaza de Progreso, a pocas cuadras de la vieja estación de trenes que llevó en 1871 la modernidad a esta zona del país, los lugareños han podido brindar sacando pecho de sus bodegas, reconocidas y premiadas a nivel internacional. Algunas de las vides que plantó el abuelo Pisano hace 100 años aún siguen dando frutos y ahora su nieto, que sigue las enseñanzas de aquel antepasado italiano, ahora a una escala mundial, presume del trabajo bien hecho. “Es algo que nos llena de orgullo, porque sabemos que estamos haciendo las cosas bien y que en Uruguay se pueden hacer las cosas bien, que se puede acceder a distintos lugares muy exigentes con productos de calidad. Eso para nosotros es una recompensa, fruto de muchos años y mucho trabajo”, expresa.

Vista de los viñedos de la Bodega Pisano, en Progreso (Uruguay).

La bondad del suelo de Progreso forma parte de un eje en el que se concentran entre el 75 % y el 80 % de los viñedos del país, según explica el nieto de ese inmigrante que hizo su primera plantación en 1919 y, cinco años después, fundó la bodega Pisano.

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En esta zona, la bodega, que es una de las más reconocidas de Uruguay, tiene sus dos viñedos, de los que se extrae la materia prima del cabernet sauvignon, el tannat, el cabernet franc, el chardonnay, el torrontés, el merlot y otros varietales para que esta bebida llegue después a las mesas para distintas celebraciones. “Somos parte de los festejos de la gente, uno no puede defraudar”, subraya uno de los dueños de la bodega, quien apunta que el vino “es un placer gastronómico” y beberlo debe ser “una fiesta”. En la bodega, los trabajadores se encargan de cumplir todas las fases de un proceso que comienza con la plantación y finaliza con la entrega del licor báquico en los locales comerciales.

La Bodega Pisano, en Progreso (Uruguay).

De todas estas actividades, Pisano puntualiza que el viñedo es, sin lugar a dudas, el que demanda más mano de obra y en el que se desarrolla un trabajo más especializado. También explica, sin embargo, que el momento de llevar a cabo la cosecha es uno de los más disfrutables. En ese campo, henchido de verde, se da el primer paso de un producto que desde 1998 -ya hace más de 20 años- empezó a exportarse y que ahora llega a cerca de 50 países, algo que el viejo Pisano apenas pudo haber imaginado y que hoy llena de felicidad a sus descendientes.

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