Un oasis turquesa en el desierto más seco del planeta
Ubicada a unos 6 kilómetros de Caldera y a 80 de Copiapó, Bahía Inglesa se asienta en un tramo privilegiado de la costa del Pacífico, donde la corriente de Humboldt y la geografía costera crean una rareza climática: aguas relativamente templadas, oleaje moderado y una luminosidad que multiplica los matices de azul.

La playa principal, protegida por una ensenada natural, es conocida por su arena finísima y blanca, producto de la erosión de conchas y restos marinos, más que de roca continental. Esa particular composición le da un brillo casi coralino que contrasta con los tonos ocres del desierto que se levanta apenas unos metros tierra adentro.
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Más allá del balneario central, pequeñas caletas como La Piscina, Las Machas y Blanca ofrecen escenarios distintos: rincones aptos para el baño en familia, sectores para deportes náuticos y miradores naturales hacia formaciones rocosas que emergen como esculturas en medio del mar.
De fondeadero remoto a puerto estratégico
Aunque el turismo masivo es relativamente reciente, la historia humana en Bahía Inglesa se remonta, al menos, a los tiempos de la navegación a vela por la costa del Pacífico.
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Antiguas cartas náuticas ya mencionaban esta ensenada como un punto seguro para fondear embarcaciones y reabastecerse de agua y alimentos en medio de un litoral hostil, dominado por acantilados y rompientes.
El origen del nombre “Bahía Inglesa” se atribuye a la presencia de marinos británicos en el siglo XIX, cuando la fiebre del guano, la minería del cobre y la expansión del comercio internacional convirtieron a la costa de Atacama en una ruta de interés para barcos europeos y norteamericanos.

La cercana Caldera se consolidó como puerto relevante, y la bahía servía como abrigo complementario para naves que esperaban carga, reparaciones o mejores condiciones de navegación.
En torno a esos fondeaderos precarios se fueron instalando pequeños grupos de pescadores, proveedores de carbón, agua y víveres para las tripulaciones. No existía aún la Bahía Inglesa turística, pero sí un punto de paso donde se cruzaban idiomas, mercancías y noticias de ultramar.
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Naufragios, corrientes traicioneras y leyendas de tesoros
Como muchas caletas del Pacífico sur, Bahía Inglesa también carga con un pasado de naufragios y desapariciones misteriosas.

Diversos registros navales del siglo XIX y comienzos del XX dan cuenta de embarcaciones varadas o hundidas en las cercanías, en su mayoría mercantes que subestimaron las corrientes y bancos de arena de la zona.
La combinación de fondos rocosos, neblinas costeras y cambios bruscos de viento generó, con los años, un repertorio de relatos transmitidos de generación en generación: desde barcos cargados de minerales que nunca llegaron a puerto hasta historias de cofres de monedas sepultados bajo la arena, apenas a unos metros de la orilla.

La arqueología subacuática ha avanzado lentamente en la zona, en parte por la falta de recursos y en parte por la propia dinámica del mar, que entierra y desentierra vestigios al ritmo de mareas y tormentas.
Lo que sí reconocen especialistas es que el corredor marítimo frente a Atacama fue escenario de un intenso tráfico ligado a la minería, el guano y, más tarde, el salitre, lo que incrementa la probabilidad de restos hundidos o dispersos bajo las aguas aparentemente tranquilas de la bahía.
Un laboratorio a cielo abierto: fósiles que cuentan otra historia del mar
Si algo distingue a Bahía Inglesa en el mapa científico son sus impresionantes yacimientos paleontológicos.
A pocos kilómetros de la costa, en quebradas y terrazas marinas elevadas, afloran estratos de la llamada Formación Bahía Inglesa, un depósito fósil que conserva restos de fauna marina de entre 7 y 3 millones de años de antigüedad, correspondientes al Mioceno y Plioceno.
En esos sedimentos se han encontrado dientes de tiburones gigantes —incluidos ejemplares atribuidos al mítico megalodón—, vértebras de ballenas, restos de delfines y focas, además de moluscos y otros invertebrados.
El panorama que emergió de esos hallazgos es el de un océano más cálido y diverso que el actual, con gigantes marinos dominando un ecosistema muy distinto al que hoy rodea la bahía.
Varias de estas piezas se exhiben en museos regionales y en pequeñas salas de exposición de Caldera, convirtiendo a la zona en un polo de interés para investigadores y turistas curiosos.
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Una bahía de historias superpuestas
Caminar por Bahía Inglesa, al atardecer, permite percibir la superposición de tiempos que conviven en este rincón del Pacífico.

En la superficie, familias y grupos de amigos disfrutan de las últimas luces sobre el mar, mientras los restaurantes se preparan para la cena. Bajo la arena, reposan fósiles de animales que surcaron un océano ancestral, testigos mudos de transformaciones planetarias.
Más allá de la orilla, en fondos rocosos y bancos de arena, yacen probablemente restos de embarcaciones que jamás regresaron a puerto, junto con fragmentos de una historia de comercio, exploración y riesgo que marcó la vida en el norte chileno durante el auge minero.
En ese cruce de belleza presente, memoria geológica y misterio marino radica buena parte del magnetismo de Bahía Inglesa. No es solo un balneario de aguas turquesas en medio del desierto: es un palimpsesto de historias, escrito por el mar a lo largo de millones de años y reescrito, en las últimas décadas, por quienes eligieron este lugar para vivir, trabajar o descansar.
