Averroes
Entre los años 1126 y 1198 de nuestra era, surge una de las figuras más prominentes en la historia de la filosofía: Se trata de Averroes, quien nació en Córdoba, España, en el año 520 de la Héjira oriental, convirtiéndose en el más grande sabio andaluz, así como un prominente filósofo y científico árabe del medioevo, quien cultivó los elementos materialistas de la filosofía de Aristóteles, pero al mismo tiempo influyó enormemente en la filosofía cristiana.
Su pensamiento fue un crisol en donde se mezclaron la sabiduría de Oriente y Occidente. Aseguró que la materia y el movimiento son eternos e increados. Asimismo negó la inmortalidad del alma individual.
Según Averroes, la seguridad del saber reside en el principio general de la causalidad, lo cual no debe considerarse como un simple axioma, sino que se levanta sobre reales sensaciones experimentadas en nuestra vida física y mental.
Enseñó que la rigurosa necesidad lógica de la existencia de una causa suficiente que signifique la motivación de los actos, sean físicos o psíquicos, posee evidencia inmediata, lo que constituye una realidad intelectual que rige todo el mundo del ser. Esta es la base de su metafísica en la que se nota la influencia aristotélica.
Sostuvo además que el saber metafísico posee una seguridad mayor que la del saber físico, pero que también es útil el conocimiento aproximado, capaz de llegar a interpretar los fenómenos del mundo sensible.
EL MUNDO NATURAL
Puntualizó Averroes que lo más típico del mundo natural es el cambio, el cual exige la existencia de un principio motor, causa eficiente a la que deben remontarse todos los movimientos materiales. Por esto, el movimiento no es ni materia ni forma, sino el proceso mediante el cual la materia informada se convierte transitoriamente en forma.
Concibió que la forma es intrínseca a la materia de un modo potencial. De este modo la materia posee la múltiple posibilidad de formas diversas, las cuales van siendo actualizadas por el movimiento.
Por otro lado, el mundo físico es compuesto y no compuesto. Lo que brota es lo múltiple. Por ello el cosmos es necesario por razón de su causa; así el mundo físico se estructura desde la materia, ya que solo esta tiene la posibilidad de poder convertirse en todas las cosas.
Advierte Averroes que este mundo así concebido, no exige una posibilidad absoluta, sino relativa, para todos y cada uno de los seres existentes; los hay útiles y convenientes, pero los puede haber de otra índole, como lo son las fieras y las plantas venenosas.
Dice que en este segundo caso, no hay por qué negar la existencia de un mal real, desde el punto de vista de los entes concretos; sin embargo, no por ello queda afectada la totalidad del cosmos. Se trata pues, de una inevitable consecuencia de la pura necesidad inherente a la materia.
SU LEGADO
El problema entre la filosofía y la religión, que levantaba polémicas tanto entre musulmanes como entre cristianos, fue solventado de algún modo por Averroes, quien conciliaba dogma y filosofía evitando la heterodoxia. Su pensamiento fue seguido por numerosos filósofos cristianos en el siglo XVIII, quienes hicieron del averroísmo latino, la corriente más importante de la filosofía, fijando como centro la universidad de París.
Averroes crea una doble situación en la historia de la filosofía; por un lado es la clausura del pensamiento filosófico del islam; por otro, es la puerta de entrada para las ideas del pensamiento occidental, convirtiéndose en una filosofía independiente de todo postulado teológico, es decir, una ciencia estricta, separada de todo a priori no científico.
Por lo expuesto, no se puede negar a Averroes, el haber explicado un cosmos intelectual cerrado, que posibilita la ciencia objetiva y absoluta. Una ciencia que explica el mundo natural adecuadamente, independiente de la mera explicación teológica, abriendo el camino a la filosofía y a la ciencia de la era moderna.
En el orden de la praxis, Averroes abrió un nuevo camino a la sabiduría medieval, que después sería explotado por sus continuadores latinos, quienes coincidieron en que la verdad solo puede conseguirse por medios humanos y naturales, esto es, que siempre que el hombre se separe de este camino natural, tanto en lo biológico como en lo ético, brota lo monstruoso, lo cual se denomina simplemente: mal.