Eran los tiempos en que las campañas electorales incluían mítines masivos y mucha movilización ciudadana. Luego llegaron las “caravanas”, las “caminatas” y otros maquillajes para ocultar la orfandad popular y la apatía generada por una clase política cuya credibilidad ya marchaba al piso.
Por entonces, la “cárcel de Tacumbú” era todavía un símbolo de castigo y punición, de sitio reservado para los delincuentes y de sufrida expiación social de los pecados contra la comunidad. Y los corruptos tenían los pecados más aborrecidos.
Tiempo después, cuando la corrupción heredada de la dictadura se recicló en la transición, una mordaz y molestosa columna periodística rebautizó dicha penitenciaría: “Tacumbú Hilton” era la expresión de los lujos y privilegios que la corruptela pública había permitido imponerse entre los altos murallones. Por un lado, la miseria e inhumanidad en el trato a miles de reos tirados como trastos a pasillos, recovecos mugrientos. Por el otro, el confort y la “bon vivant” de quienes podían pagar la coima. La “brecha social” entre pobres y ricos se escenificaba en una parábola tras las rejas.
Aquél concepto del imaginario popular usado por Laíno se desdibujó, aunque sólo en parte. En la parte en la cual “Tacumbú” puede ser “comprado, alquilado, remodelado, modernizado, equipado” como un verdadero palacete imperial a fin de hacer más “llevadera” la vida en prisión de poderosos personajes, generalmente ligados a procesos por delitos “de gran porte” como el narcotráfico, el lavado de dinero, etc.
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Tacumbú sólo significa castigo y expiación para el pobre, para el desamparado, para el indefenso. Para los demás, para los que tienen cómo “aceitar” al engranaje corrupto, es una simple estancia en medio de lujos, en medio de condiciones totalmente favorables para que los “negocios de afuera” sigan siendo dirigidos y sigan siendo rentables “desde adentro”.
Investigaciones periodísticas mostraron esto muchas veces. No es nuevo, pero las crisis recientes – y el gran aporte de la primavera de la transparencia que todavía sigue manteniendo vientos frescos en nuestra sociedad- nos están mostrando en imágenes de TV, en grupos de whatsapp, en trendtopics de twitter, en escandalizados posteos de Facebook, las impudicias producidas por la venalidad de autoridades y funcionarios corruptos.
Hace años se había impulsado un proceso de modernización del sistema carcelario que quedó a medio camino. Los fondos multimillonarios que se recaudan a través de tasas del Poder Judicial no han servido para mucho. Y sí ha crecido el abanico de negocios dentro de los penales, desde las coimas para una “dolce far niente” penitenciaria, hasta los delitos y extorsiones con mafias de reos operando de dentro para fuera.
El Estado debe cortar de raíz el “negocio” de las cárceles. El que se hace mediante ellas y el que se hace desde ellas. Para eso, no basta con promover en los discursos el objetivo de “humanización” del sistema. Es preciso actuar rápidamente y cortar los hilos de la corrupción que permiten manejar realmente el sistema en la actualidad. Esos hilos que algunas autoridades no han querido ver, o viéndolos no han querido extirpar, o, peor aún, viéndolos los han aprovechado para sumarse al festival de pingües ganancias.
Tacumbú –en Asunción del Paraguay- es una cárcel modelo. Modelo del sistema corrupto socio-político que ningún gobierno se ha animado, hasta ahora, a desmantelar ni dentro del penal y menos fuera de él. ¿Se cumplirá esta vez la sempiterna promesa que vuelven a lanzar las autoridades de turno”