El combate con pirotecnia entre oviedistas y jóvenes, en donde recibí mi parte, de repente se convirtió en una contienda desigual con la entrada del plomo. Desorientado aún por la explosión que afectó mi oído me encontré sin ningún colega reportero gráfico a mi lado. Siempre andamos juntos en este tipo de coberturas, pero esa vez nos dispersamos. Un joven, de los miles que estaban protestando, se preocupó al ver la mancha de sangre que mostraba mi camisa a la altura de la quemadura. "Te hirieron amigo? Vamos que te atiendan", dijo mientras me guiaba a una ambulancia en la esquina de Paraguayo Independiente y Alberdi. Los dos paramédicos designados a esa unidad hacían lo imposible para atender a una docena de heridos. Hacía horas que pedían refuerzos por radio, pero nadie venía.
Al ver mi equipo fotográfico, uno de los socorristas dejó al paciente que atendía y se me acercó. "Vos sos periodista?", me preguntó gritando. Sí, le dije pensando que por eso se ocuparía más rápido de mi dolencia, pero me equivoqué. "Decile a tus compañeros de radio que acaba de ir un herido de bala. Llegó muerto a Primeros Auxilios. Acá están disparando de verdad. Decile que digan por radio para que la gente salgan de la plaza o va haber más muertos. Anda rápido", me pidió. Este está loco. Está inventando, me dije por dentro. Pero como una bofetada de realidad, un segundo después varios jóvenes acercaron a la misma ambulancia a un señor con una herida de bala en la pierna.
"Chore", me dije y sin pensar fui corriendo hasta la Casa de la Cultura, de donde provenía el "baleado" con quien recién me había cruzado. Ya en mi ida veo a lo lejos que una persona operaba uno de los tractores de la Municipalidad de Asunción en inmediaciones de aquel edificio histórico. Este tipo va atropellar la barricada oviedista de Benjamín Constant y 14 de Mayo, pensé al apurar mis pasos. Al llegar me di cuenta que no había ningún plan audaz, sino el objetivo era bajar a un herido de la terraza de la centenaria construcción.