Historias de taxi

Este artículo tiene 12 años de antigüedad

Me permito hacer esta reflexión porque soy hijo de un taxista. Mi viejo, Juan Cálcena Acuña, es taxista hace 27 años. De alguna forma creo que tuvo que agarrar esa profesión de transporte público porque nací yo y de alguna forma tenía que alimentarme (les fue bien, para los que me conocen en persona).

En fin, dejando de lado las  bromas, el taxi se ha convertido en una mafia hace demasiados años. Su cúpula de directivos se maneja en los hilos de la política. En general y antes de cada elección municipal, los taxistas tienen demasiado peso. Son miles, tengamos en cuenta eso.

Mi viejo es independiente (en la jerga, son los que no tienen taxi radio, ni dan sus coches a choferes para que trabajen 12 o 24 horas), y tiene que afrontar mucho peligro todos los días (desde potenciales clientes armados, agresivos y borrachos hasta gente que entra en una casa ‘a buscar plata’ y nunca más sale).

Afortunadamente, papá nunca fue víctima de violencia pero sí de clientes que no le pagaron. Es confidente de relaciones extramatrimoniales, tiene que lidiar con las calles y el tráfico de Asunción todos los días.

Lo que me lleva a escribir esto es, como dije, la cúpula política que maneja los taxis en Asunción (y como vemos ahora, en otras ciudades también). El taxi es caro. Todos concordamos en eso. Si uno usa taxi, en general es por urgencias o porque puede llevar un alto nivel de vida. O porque se descompuso el auto. Etcétera, etcétera.

Lo que duele es que algunos buenos y educados taxistas, que ofrecen un buen servicio (papá nunca se permite una pizca de basura en su coche, coloca revistas para los pasajeros, etc.) tengan que pagar el precio por una mayoría que ofrece un servicio pésimo, caro y en muchas ocasiones, desagradables. Algunos de los colegas de papá lastimosamente no nacieron con el don del buen trato a la gente, requisito uno para el trabajador independiente.

El antiguo titular de la Asociación de Taxistas Profesionales de Asunción, Aristides Morales, es hoy en día director de Tránsito de la ciudad de Asunción. Llegó ahí tras una larga carrera política en diferentes sitios de la Municipalidad. Morales comenzó en el negocio también con mi viejo. Este es solo un ejemplo del peso del que hablo. Él era amigo de papá, hasta que decidieron tomar otros rumbos. Mi viejo se empecinó en criarme y atender a su familia, y don Morales fue a lo suyo. Es la elección de cada quién.

Escribo esto porque pienso que el servicio del taxi en Asunción – y en área metropolitana – debe mejorar. Los colectivos no son el único servicio de transporte público que se fue el carajo.

Mientras tanto, la vida en la calle está difícil. Cada día es una lucha, porque lo que antes sostenía solo él, con la merma de pasajeros tratamos de sostenerlo hoy entre él y yo.

Papá no tiene intención de estar en política. Su naturaleza lo impide. Él es un hombre de servicio. Tampoco lo alabo por ser mi viejo, es lo que él eligió en su momento, un día de 1986.

Solo apunto al ambiente y al mensaje, para que las personas usuarias del taxi conozcan sus derechos y también un poco del mundo que les une cuando suben a esos coches amarillos.