Como cada 23 de abril, me desperté temprano y fui a comprar un libro. A diferencia de años anteriores, no visité ninguna librería de Asunción, sino que entré a Internet y comencé a disfrutar de las opciones que nos ofrece la vida contemporánea. Quizás este sea ya el "paraíso" del que nos hablaba Borges. Una gama multicolor de opciones, de precios, de idiomas y conocimiento a un solo click. ¡Es, sin dudas, una maravilla!
En ese proceso y recordando que Paraguay ya tiene nuevo presidente, me pregunté, ¿cuál habrá sido el último libro leído por Horacio Cartes? ¿Cuáles serían sus autores favoritos? ¿Prefiere literatura o filosofía? ¿Consume más ciencia o historia? ¿Será que sabe que en el centro asunceno hay librerías escondidas que venden libros antiguos? Y pude rememorar la sinceridad con que respondió semanas atrás una pregunta que le hicieron acerca de su plan nacional de cultura. Muy honestamente, indicó que no lo tiene. Y esto, me llevó a otra reflexión.
¿El Gobierno debe encargarse de la cultura de un país? ¿Hasta qué punto debe auspiciarla? Antes de responder esa pregunta, sería bueno que observemos o revisemos qué es cultura. En el sentido etimológico es cultivar o criar algo. En el sentido un poco más estricto hace mención al conjunto de conocimientos, a las costumbres, tradiciones, religión, lengua e historia de una sociedad. Pero también hay visiones neoclásicas que vinculan a la cultura con el juicio crítico, con el predominio del gusto por la música clásica y las bellas artes.
Obviamente, hay autores, especialmente antropólogos, que relacionan cultura al conocimiento popular y los rituales tribales de un pueblo. Y los más contemporáneos ya añaden el conocimiento científico y tecnológico que lideran el panorama intelectual de nuestro tiempo. ¿Es correcto que el presidente fomente todo lo relacionado a la cultura o es mejor que desaparezca la Secretaría Nacional de Cultura? ¿El artista o el intelectual son independientes si son auspiciados por el Gobierno?
¿Puede un poeta, novelista, cineasta, filósofo, pintor o científico crear libremente con dinero público, sabiendo que debe responder al Estado en algún momento? ¿Podrá opinar sin prejuicios o amenazas, en contra de acciones del Gobierno que no le parecen justas o correctas? ¿Y si el ministro de cultura sólo favorece a amigos o conocidos que ni siquiera consumen cultura? ¿Y si se instala una cultura oficial que promueva una ideología con dinero de todos los paraguayos? Me parece válido comenzar a discutir sobre si realmente necesitamos que un Gobierno se encargue de la cultura.
Pero es lógico que el Gobierno sí puede ayudar a fomentar la cultura sin ejecutar una política nacional al respecto. Debe liberar los impuestos de los productos culturales o derribar las barreras burocráticas que imposibilitan la importación de productos culturales.
Ahora, volviendo al principio de mi preocupación, todo lo analizado respondería a la visión filosófica que tenga Cartes, algunos dirán que es pragmático y que no le gusta la filosofía. Quizás, pero aún así estaría presentando una cosmovisión de su existencia y esto lo imprimirá durante su administración. Para el Nobel Mario Vargas Llosa, la decadencia cultural podría llevarnos nuevamente a las cavernas. Pero, recordando al gran Ray Bradbury, "Hay peores cosas que quemar libros, una de ellas es no leerlos", me gustaría saber, por simple curiosidad, ¿qué estará leyendo un Horacio Cartes el 23 de abril?