Me refiero al libro Karumbita, la patriota de Nelson Aguilera. Supuestamente, la fiscalía entendió que había plagio y a un juez se le ocurrió que rápidamente había que retirar los 2.500 ejemplares de la obra porque podría causar intoxicación intelectual o moral en la sociedad paraguaya. Hay jueces que están preocupados por eso en este país.
Lo cierto es que los meses pasaron, los libros quedaron abandonados en algún depósito del Ministerio Público y el creador, el escritor y teatrista Nelson Aguilera, fue sentenciado a dos años y medio de prisión por supuestamente haber plagiado la obra El túnel del tiempo, de la también escritora María Eugenia Garay.
Los jueces tienen que saber de todo, por eso se encargan de estudiar las leyes y aplicarlas. Aunque, muchas veces, pueden violentar la realidad para beneficiar a algunas de las partes o beneficiarse ellos mismos. El punto es que no hubo plagio, no copiaron frases ni personajes, ni lugares ni ideas.
Varios escritores, poetas, peritos, Premios Nacionales de Literatura como Renée Ferrer y Rubén Bareiro Saguier, críticos, la Sociedad de Escritores del Paraguay, el PEN Club, amigos y enemigos coincidieron en que no existió copia alguna de Aguilera a la obra de Garay.
"No hemos hallado ningún fragmento copiado ni levemente alterado de la obra de María Eugenia Garay en la posterior de Nelson Aguilera. No puede existir plagio al no haber ninguna similitud estilística, estructural y argumental entre ambas obras. Sí existe un tema común: el viaje en el tiempo hacia el pasado. Pero tampoco es un tema novedoso en la obra de María Eugenia Garay, ya que pertenece la tradición literaria universal", sentrnvió el Dr. José Vicente Peiró, crítico literario, en su informe técnico sobre el tema.
Aguilera no nos tiene por qué gustar, Garay tampoco. En lo personal, ni siquiera se ubican entre los primeros diez escritores que me gustan. Aún así, tienen todo el derecho, como supuesto país libre que tenemos, de expresar a través de sus obras, las ideas que poseen. Pueden crear realidades a través del arte, pero no pueden modificarla en el macrosistema. Sin embargo, los jueces quieren creernos idiotas.
Ellos pueden tener la ley, pero no la verdad. Pueden trastocar la realidad, negarla o taparla, pero nunca destruirla. Ya mucho daño se hizo a la literatura paraguaya desde que a algunos políticos se les ocurrió que la libertad no era importante y que la ANR o el PLRA deberían iluminar a los paraguayos, en vez de que cada uno encuentro su camino y su propia búsqueda de la felicidad (con el concepto que quiera).
La semana pasada, el Congreso otorgó el Premio Nacional de Literatura a Alcibiades González Delvalle y menciones de honor a Francisco Pérez, Carlos Colombino (fallecido este año), Susana Gertopán y Lourdes Espínola. También se inauguró la 4ta. Feria Paraguaya del Libro y la Música, en el Shopping del Sol. Deberíamos estar celebrando, disfrutando con nuestros escritores y en vez de eso, estamos de luto.
De luto porque a unos estafermos se les ocurrió que no importa lo que diga la ciencia ni la literatura, la verdad era una sola y se debe cumplir. Gracias a este pensamiento autoritario y chabacano, un escritor podría ir a la cárcel de Tacumbú.
La justicia paraguaya, con los jueces burros (pido perdón a los animales por la comparación) que tiene, no podrá de igual forma con el olor a los libros y la libertad de crear, algo que jamás conocerán, porque a ellos no les corresponde producir, sino rebuznar o saquear.