Un puñado de conchas que reescribe la historia social de nuestra especie
Un pequeño conjunto de conchas perforadas, recuperado en una cueva cercana a la costa atlántica de Marruecos, ha obligado a los arqueólogos a replantearse una pregunta fundamental: ¿cuándo comenzamos los humanos a construir redes sociales complejas?
Estas piezas, datadas en entre 142.000 y 150.000 años y descritas en la revista Science Advances en 2021, son las que hoy se consideran algunos de los ornamentos personales más antiguos conocidos. No son restos de comida ni simples residuos marinos arrastrados por el oleaje: presentan perforaciones deliberadas, marcas de desgaste por roce y, en algunos casos, restos de pigmentos rojizos.
Todo apunta a que formaron parte de collares, pulseras o adornos cosidos a la ropa o al cabello.
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Los investigadores sostienen que estos collares de conchas no eran solo decoración. Funcionaban como un sistema de señales visibles, compartido por diferentes grupos de Homo sapiens que vivían a decenas o cientos de kilómetros de distancia.
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En términos modernos, una red social distribuida, pero sin pantallas: un lenguaje de identidad y pertenencia inscrito directamente sobre el cuerpo.
Bizmoune y otras cuevas: el mapa de los primeros “perfiles” humanos
El yacimiento clave de esta historia es la cueva de Bizmoune, en el suroeste de Marruecos, no lejos de Essaouira. Allí se han encontrado decenas de conchas marinas del género Nassarius, todas de una especie que habita en aguas costeras poco profundas.

Hay dos detalles cruciales:
- Las conchas no “encajan” con el contexto natural del interior de la cueva. No hay restos de un banquete ni señales de acumulación natural por animales.
- Las perforaciones son sistemáticas. Los orificios aparecen siempre en la misma zona anatómica de la concha, con fracturas y pulidos compatibles con su uso como cuentas ensartadas.
La datación por series de uranio y otras técnicas sitúa estas piezas en un horizonte de unos 150.000 años. Son más antiguas que muchos otros conjuntos emblemáticos de abalorios paleolíticos, como los de la cueva de Blombos, en Sudáfrica (unos 75.000 años), o los de Taforalt, también en el norte de África (en torno a 85.000 años).
Lo significativo es que, a lo largo de diferentes cuevas de África del Norte y del sur, las conchas utilizadas, los tipos de perforación y, en cierta medida, los patrones de uso son comparables. Es decir: poblaciones separadas por miles de kilómetros parecen haber adoptado soluciones similares para construir ornamentos personales.
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Aunque no estemos ante un “collar estándar global”, sí se vislumbra un repertorio simbólico compartido.
¿Por qué estos collares se consideran una “red social”?
Estos collares de conchas reúnen varios criterios que los convierten en una tecnología social:
- Son visibles a distancia. A diferencia de herramientas líticas o huesos trabajados, los adornos corporales están diseñados para ser vistos por otros.
- No tienen una función utilitaria inmediata. No cortan, no perforan, no cazan. Su razón de ser es comunicar algo: posición, afiliación, estatus, edad, alianzas.
- Siguen patrones repetidos. Que diferentes grupos usen las mismas especies de concha de manera similar indica una convención compartida, una especie de código visual.
- Conectan espacios distantes. En varios yacimientos, las conchas proceden de zonas costeras situadas a decenas de kilómetros de los lugares donde finalmente se depositan. Alguien las transportó, las intercambió o las regaló.
En términos antropológicos, los collares de conchas actúan como un sistema de signos relativamente estandarizado que circula entre grupos. Hacen visible quién pertenece a qué comunidad, qué alianzas mantiene y de qué redes forma parte. En sociedades sin escritura ni registros formales, esta “biografía social” se lleva puesta.
Del intercambio de conchas al intercambio de información
Los collares paleolíticos transmitían, a un golpe de vista, datos que hoy compartimos en línea:
- “Quién soy”: edad, sexo, rol dentro del grupo.
- “De dónde vengo”: procedencia geográfica o cultural, marcada por tipos específicos de cuentas o combinaciones de materiales.
- “Con quién estoy alineado”: alianzas matrimoniales, pactos de cooperación, pertenencia a una red más amplia de intercambio.
Para muchos paleoantropólogos, el surgimiento de ornamentos personales como estos es un marcador de “conducta moderna”: el momento en el que los humanos no solo fabrican herramientas, sino también significados compartidos, normas simbólicas y reglas estéticas.
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África del Norte, el sur y el Levante: una geografía de símbolos compartidos
Los collares de conchas de Bizmoune no son un caso aislado. Varios yacimientos repartidos por África y el Levante reconstruyen un mapa sorprendente:
- En Taforalt (noreste de Marruecos), conchas similares, también del género Nassarius, aparecen en contextos de unos 85.000 años.
- En la cueva de Blombos, en Sudáfrica, conjuntos de cuentas de concha y piezas de ocre grabadas muestran un uso intensivo de símbolos hace unos 75.000 años.
- En cuevas del Levante mediterráneo, como Skhul y Qafzeh (actual Israel), las conchas marinas perforadas acompañan a algunos de los enterramientos humanos más antiguos atribuidos a Homo sapiens fuera de África.
Aunque las cronologías no son idénticas y las tradiciones materiales varían, el patrón general es consistente: en un amplio arco que va del Atlántico marroquí al Índico sudafricano y al Mediterráneo oriental, poblaciones humanas distantes empiezan a usar ornamentos personales de forma recurrente.
Esa dispersión sugiere algo más que modas locales. Indica que, ya en fechas tan tempranas como 150.000–100.000 años atrás, existían:
- Rutas de movilidad de larga distancia, probablemente ligadas a costas, ríos y corredores ecológicos.
- Contactos esporádicos pero persistentes entre grupos distintos, suficientes como para compartir estilos, técnicas y significados.
- Mecanismos de reconocimiento mutuo, donde ciertas combinaciones de conchas y pigmentos podían funcionar como “credenciales” sociales.
Desde una perspectiva geoarqueológica, los collares de conchas son trazadores: marcan cómo la información simbólica se desplaza por paisajes que hoy abarcan varios países y continentes.
Lo que estos collares revelan sobre el cerebro social de Homo sapiens
Varias líneas de investigación convergen en tres hipótesis principales:
- Gestión de grupos grandes y complejos. Tener códigos visibles de pertenencia ayuda a manejar comunidades amplias, formadas por bandas móviles que se encuentran y se separan según la estación y los recursos. Los adornos hacen legible, de forma inmediata, la estructura social.
- Prevención del aislamiento y la endogamia. En poblaciones pequeñas, la supervivencia depende de tejer alianzas con otros grupos para intercambiar parejas, recursos e información. Los collares actúan como “señales de confianza” que facilitan el contacto entre desconocidos.
- Refuerzo de normas y memorias compartidas. Los códigos visuales –colores, combinaciones de cuentas, tipos de concha– condensan historias, mitos y reglas. No es escritura, pero sí una forma de memoria cultural materializada.
Nuevas tecnologías para leer una red social de piedra y concha
Paradójicamente, entender estas redes sociales ancestrales depende hoy de herramientas muy modernas. Los equipos de investigación combinan:
- Tomografías y microscopía de alta resolución, para distinguir perforaciones humanas de fracturas naturales y estudiar el desgaste por uso.
- Análisis geoquímicos e isotópicos, que permiten estimar la procedencia exacta de las conchas y reconstruir sus rutas de desplazamiento.
- Modelos computacionales de redes, que simulan cómo podrían haberse estructurado las relaciones entre grupos a partir de la distribución espacial de los hallazgos.
- Bases de datos integradas y algoritmos de reconocimiento de patrones, útiles para comparar miles de cuentas y detectar estilos regionales o cronológicos.
A medida que se suman datos, la imagen se afina: lo que hoy vemos como un puñado de conchas dispersas sobre el mapa de África y el Levante podría revelarse, en unas décadas, como un entramado denso de caminos, intercambios y símbolos.
Entender esos collares no es solo una cuestión de curiosidad arqueológica. Es una forma de preguntarnos de dónde viene nuestra profunda necesidad de pertenecer, de ser vistos y de construir, juntos, mundos compartidos de significado. Una red social que empezó, quizá, con una simple concha perforada.
