Un laboratorio evolutivo aislado en el Pacífico Sur
Antes de que llegaran los humanos, Nueva Zelanda era un caso casi único en el planeta: una gran masa de tierra llena de aves, pero prácticamente sin mamíferos terrestres depredadores.

No había zorros, felinos, lobos ni mangostas. Solo murciélagos, reptiles como los tuátaras y aves ocupando casi todos los nichos ecológicos.
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En ese escenario insular, el kākāpō (Strigops habroptilus), también conocido como kakapo o loro búho de Nueva Zelanda, siguió un camino evolutivo radicalmente distinto al de la mayoría de los loros del mundo.
En lugar de perfeccionar el vuelo, lo abandonó. En lugar de depender de la vista diurna, se volvió nocturno. En lugar de huir rápido, confió en quedarse inmóvil y camuflado.
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El resultado es un ave que hoy parece anacrónica:
- un loro grande, de hasta 3 kilos,
- incapaz de volar,
- de actividad nocturna,
- con un olor intenso y fácilmente detectable por un depredador,
- y con una reproducción lenta y caprichosa, ligada a los ciclos de fructificación de ciertos árboles nativos como el rimu.
Todo eso funcionó mientras Nueva Zelanda fue un mundo sin mamíferos cazadores. Pero esa misma combinación de rasgos se convirtió en un problema tan pronto como aparecieron humanos, ratas, gatos y mustélidos.
Del cielo al suelo: cómo y por qué el kākāpō dejó de volar
En términos evolutivos, volar es caro. Mantener alas robustas, músculos pectorales potentes y huesos adaptados al vuelo exige energía y recursos. Cuando el riesgo de ser cazado desde el suelo desaparece, esa inversión deja de ser imprescindible.

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En Nueva Zelanda, donde los principales peligros venían del aire (águilas gigantes ya extintas, aves rapaces), muchas especies de aves desarrollaron estrategias alternativas. En el caso del kākāpō, la ecuación fue clara:
- Pocos depredadores terrestres → menor necesidad de escapar volando.
- Bosques densos y montañosos → mayor utilidad de trepar, saltar y caminar que de realizar vuelos largos.
- Alimentos distribuidos de forma irregular → ventaja para quien ahorra energía.
Así, el kākāpō mantuvo alas pequeñas, capaces de ayudarle a trepar a los árboles o a amortiguar descensos, pero no a volar. Su esqueleto se hizo más pesado, sus patas más robustas, su pecho menos musculoso.
Caminando puede recorrer grandes distancias cada noche para buscar frutos, hojas y semillas, pero nunca despega del todo.
La pérdida del vuelo no fue un accidente: fue una respuesta adaptativa al contexto ecológico de una isla grande sin mamíferos carnívoros.
En la práctica, el kākāpō cambió el cielo por el suelo porque, durante millones de años, le resultó más rentable.
Un loro nocturno, pesado y terrestre
A diferencia de sus parientes tropicales, coloridos y ruidosos bajo el sol, el kākāpō se especializó en la noche.
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Su plumaje verde moteado se confunde con la vegetación del sotobosque. Su cara redondeada, con plumas dispuestas a modo de disco, recuerda a la de un búho y mejora la captación de sonidos, lo que inspira su nombre en inglés: “owl parrot”.
Este estilo de vida conlleva otras peculiaridades:
- Nocturnidad extrema: se alimenta y se desplaza casi exclusivamente de noche, evitando el calor y reduciendo encuentros con posibles aves rapaces.
- Camuflaje en lugar de huida: ante una amenaza, tiende a quedarse inmóvil, confiando en pasar desapercibido. Frente a águilas y halcones, eso tenía sentido. Frente a un gato, una rata o un perro, es una sentencia.
- Olor fuerte y distintivo: un aroma dulce, descrito a menudo como mezcla de miel y hierbas. En un mundo sin mamíferos cazadores basados en el olfato, no suponía un problema. Con perros y gatos en el paisaje, se convierte en un delator permanente.
Los científicos hablan de un síndrome insular: en islas grandes y aisladas, las especies pueden volverse más grandes, perder el vuelo y relajarse frente a la presión de depredación. El kākāpō es uno de los ejemplos más extremos de este fenómeno entre las aves de Oceanía.
Evolución relajada: cuando la ausencia de peligro ralentiza la vida
El concepto de “evolución relajada” ayuda a entender al kākāpō. No se trata solo de adquirir rasgos nuevos, sino de relajar o perder presiones selectivas que en otros lugares siguen siendo fuertes.

Al desaparecer (o no existir nunca) ciertos depredadores:
- se relaja la selección a favor de individuos más rápidos o más eficientes huyendo;
- se reduce la ventaja de tener ciclos reproductivos rápidos y numerosos;
- se toleran rasgos que serían muy costosos en ambientes hostiles, como una reproducción ligada a eventos poco frecuentes.
En el kākāpō, la evolución relajada se expresa de manera extrema:
- Reproducción lenta y dependiente del bosque: las hembras solo se reproducen en años en los que ciertos árboles, como el rimu, producen cosechas extraordinarias de frutos. Estos eventos pueden espaciarse varios años, lo que hace que las oportunidades de cría sean escasas.
- Pocas crías, mucha inversión: las hembras ponen pocos huevos y dedican un cuidado intenso a los polluelos. En un entorno estable y sin grandes depredadores, esta estrategia funciona.
- Vocalizaciones muy potentes y delatadoras: los machos emiten graves “booms” nocturnos que pueden oírse a kilómetros, para atraer a las hembras a sus áreas de exhibición (leks). En un paisaje sin mamíferos cazadores, el coste de anunciarse a voces era mínimo.
Estas características reflejan una vida “lenta”: larga esperanza de vida, reproducción espaciada, desarrollo cuidadoso de las crías. La selección natural no los penalizó mientras el sistema ecológico original se mantuvo intacto.
La llegada humana: cuando las ventajas se vuelven trampas
Todo este andamiaje evolutivo empezó a tambalearse con la llegada de los primeros polinesios, los maoríes, hace unos 700–800 años, y se agravó con la llegada de los europeos en los siglos XVIII y XIX.
La estrategia del kākāpō para enfrentar el peligro —permanecer quieto, confiar en el camuflaje y carecer de reflejos de huida aérea— resultó catastrófica ante cazadores que:
- se guiaban por el olfato (perros, gatos, mustélidos),
- buscaban activamente en el suelo y en madrigueras,
- introdujeron ratas capaces de trepar hasta nidos y polluelos.
Lo que antes era “ahorro evolutivo” —no invertir en vuelo, en huida rápida, en grandes camadas— se convirtió de golpe en desventaja.
El kākāpō no reconocía a los mamíferos como amenaza. Su tendencia a la curiosidad y a la mansedumbre lo hacía especialmente vulnerable: se acercaba a los humanos, en vez de alejarlos.
En pocas generaciones humanas, una especie que había prosperado durante miles de años en toda Nueva Zelanda quedó arrinconada en áreas remotas de Fiordland y de las islas del sur como Stewart/Rakiura. A mediados del siglo XX, muchos la daban por prácticamente extinta.
El impacto combinado de:
- la caza directa (por carne y plumas),
- la pérdida de hábitat (tala de bosques nativos),
- y la introducción de especies invasoras (ratas, gatos, armiños, comadrejas, hurones),
produjo un colapso que ilustra, con crudeza, el reverso de la evolución en aislamiento.
Las adaptaciones que hicieron del kākāpō un especialista exitoso en un mundo sin mamíferos depredadores lo dejaron sin defensas en un ecosistema transformado por humanos.
Conservación extrema en las islas de Nueva Zelanda
A partir de la segunda mitad del siglo XX, Nueva Zelanda convirtió al kākāpō en símbolo de su biodiversidad insular y de sus errores históricos. Nació así uno de los programas de conservación más intensivos del mundo.
Tras redescubrir pequeñas poblaciones relictas, las autoridades decidieron extraer todos los kākāpō restantes de áreas con depredadores y trasladarlos a islas libres de mamíferos introducidos, como:
- Whenua Hou / Codfish Island,
- Anchor Island,
- y otras islas protegidas frente a la costa sur de la Isla Sur y de Stewart Island.
En estas islas, el Departamento de Conservación de Nueva Zelanda (DOC) aplicó una estrategia a contrarreloj:
- control y erradicación exhaustiva de ratas y otros depredadores;
- seguimiento individual de cada kākāpō (cada ave tiene nombre, historial médico y genético registrado);
- apoyo reproductivo mediante alimentación suplementaria, control de nidos y, en ocasiones, inseminación artificial.
Una especie que depende ya de la tecnología humana
Paradójicamente, una especie moldeada por la ausencia de humanos necesita ahora una intervención humana continua para sobrevivir. El éxito reproductivo del kākāpō se vigila temporada a temporada:
- se controlan los años de fructificación de los árboles clave (como el rimu),
- se anticipan los picos de reproducción,
- se protege cada nido,
- se rescatan y crían a mano polluelos en riesgo.
Hoy la población se ha recuperado desde el borde de la extinción funcional, y supera los dos centenares de individuos. Pero sigue siendo una de las aves más amenazadas del planeta. Cualquier fallo en las barreras contra mamíferos depredadores en estas islas podría tener consecuencias devastadoras.
La historia del kākāpō es más que la de un loro extraordinario de Nueva Zelanda. Es un caso de estudio sobre cómo la evolución responde al contexto y cómo esos mismos ajustes pueden volverse desastrosos cuando ese contexto cambia de forma brusca.
