El kererū, el ave que engorda por diseño (y la verdad sobre su “borrachera”)

Kererū, ave de Nueva Zelanda.
Kererū, ave de Nueva Zelanda.Shutterstock

Cada año vuelven los relatos del kererū “borracho” por fruta fermentada. Pero la ciencia sugiere una historia más interesante: cómo metaboliza el etanol y por qué este gran frugívoro de Nueva Zelanda gana peso como estrategia energética.

El kererū (Hemiphaga novaeseelandiae), paloma endémica de Nueva Zelanda, es famoso por dos motivos que suelen mezclarse en redes sociales: su aparente embriaguez y su tamaño cambiante.

Ambas cosas tienen un punto de partida común —una dieta dominada por frutos—, pero no se explican del mismo modo.

Kererū, ave de Nueva Zelanda.
Kererū, ave de Nueva Zelanda.

La clave está en entender qué ocurre cuando la fruta fermenta y cómo un ave frugívora gestiona, a la vez, alcohol y calorías.

Embriaguez natural: ¿mito viral o fenómeno biológico?

La fermentación es un proceso simple: levaduras presentes en la superficie de los frutos transforman azúcares en etanol y dióxido de carbono.

Kererū, ave de Nueva Zelanda.
Kererū, ave de Nueva Zelanda.

En condiciones habituales, la concentración de alcohol en frutos maduros suele ser baja. Sin embargo, puede aumentar cuando hay fruta muy pasada, dañada o caída al suelo, donde el tiempo y los microorganismos favorecen una fermentación más intensa.

Ahí nace la escena recurrente: un kererū torpe, desorientado o inmóvil en una rama, interpretado como “borracho”. ¿Puede pasar?

Sí, es biológicamente plausible. El etanol es una molécula que atraviesa rápido barreras biológicas y puede alterar el sistema nervioso, sobre todo si la ingesta es alta y rápida.

Lo que no es tan claro es la frecuencia real. Gran parte de la evidencia disponible es anecdótica (observaciones ciudadanas, reportes puntuales de centros de rescate, fotografías).

Para afirmar un fenómeno poblacional harían falta mediciones sistemáticas: niveles de etanol en frutos consumidos, análisis fisiológicos en aves halladas con signos neurológicos y un control de otras causas comunes de letargo o pérdida de coordinación (trauma, enfermedad, intoxicaciones no alcohólicas).

¿Qué dice la ciencia sobre el metabolismo del etanol en aves?

Las aves, como otros vertebrados, pueden metabolizar etanol mediante enzimas hepáticas (incluida la alcohol deshidrogenasa) y rutas asociadas.

La tolerancia varía entre especies y depende de la dosis y del estado nutricional.

Kererū, ave de Nueva Zelanda.
Kererū, ave de Nueva Zelanda.

En frugívoros, la exposición a trazas de etanol no es rara a lo largo de la evolución: comer fruta implica convivir con cierta fermentación. Eso sugiere que muchas especies podrían manejar cantidades moderadas sin “emborracharse” de forma dramática.

Cuando se observan cambios conductuales —inactividad, vuelo errático, menor respuesta a estímulos—, el alcohol no es la única explicación.

Un punto importante para separar percepción pública y evidencia es que el kererū, por su corpulencia y su forma de despegar, ya parece “torpe” incluso sobrio.

Además, su comportamiento puede volverse más arriesgado durante picos de alimentación: un ave muy cargada de fruta y grasa vuela distinto.

Obesidad estacional: una estrategia energética, no un fallo

La otra mitad del mito —“engorda por diseño”— sí encaja con lo que se sabe de fisiología energética en aves.

El kererū es un frugívoro capaz de consumir grandes volúmenes de frutos y, cuando están disponibles, prioriza alimentos de alto contenido energético.

En ecosistemas con marcada estacionalidad de la fructificación, esa conducta se traduce en cambios corporales: aumentar reservas de grasa cuando hay abundancia y depender de ellas cuando la oferta baja.

En términos biológicos, esa “obesidad” funciona como seguro metabólico. La grasa es el tejido de almacenamiento energético más eficiente y permite afrontar periodos de escasez, demandas reproductivas o desplazamientos en busca de nuevos parches de alimento.

En aves, la regulación de masa corporal es dinámica: no se trata solo de engordar, sino de ajustar el peso para equilibrar energía disponible, riesgo de depredación y costo de vuelo.

En el kererū, este equilibrio es especialmente visible porque su dieta puede cambiar con el calendario de frutos y hojas tiernas. Cuando el menú es hipercalórico y abundante, el cuerpo responde: aumenta el aporte energético y, con él, las reservas. Cuando el alimento se vuelve menos predecible, esas reservas amortiguan el déficit.

Por qué la historia importa (más allá del chiste del “pájaro borracho”)

La fermentación de frutos es un proceso ecológico real y el etanol puede afectar a los animales, pero el salto de “posible” a “común” exige datos. Y la ganancia de peso estacional no es un capricho: es una adaptación a ciclos de abundancia y escasez.

En un contexto de pérdida de hábitat y cambios en la disponibilidad de alimentos, entender la dieta del kererū —qué come, cuándo y con qué consecuencias fisiológicas— ayuda a interpretar su comportamiento y a diseñar mejor su conservación.

La ciencia, en este caso, no desinfla la curiosidad: la ordena y la hace verificable.