Todos juegan fuera. En Portugal, Turquía, España, Estados Unidos, Israel, Rusia o Países Bajos. Un equipo repartido por el mundo que, sin embargo, encontró en una camiseta azul una patria común.
No es una casualidad. Es el resultado de una decisión tomada hace años por una federación que entendió que, para competir desde un archipiélago de apenas medio millón de habitantes, debía buscar talento allí donde la historia había llevado a los caboverdianos: lejos de casa.
Cabo Verde es una de las seis selecciones que participarán en el torneo -junto a Uruguay, Senegal, Costa de Marfil, Curazao y el Congo- que no contará con futbolistas procedentes de su competición doméstica. Pero su caso va un paso más allá. Ninguno de los integrantes de la convocatoria juega en clubes del archipiélago.
El Mindelense, el Sporting Club da Praia, el Boavista da Praia, el FC Derby o el Académica da Praia, algunas de las entidades más importantes del país, se han quedado sin representantes en la primera participación caboverdiana en una Copa del Mundo.
La diáspora es total. Los hombres que vestirán la camiseta azul juegan repartidos por Europa, Asia y América. Ni siquiera hay representantes de ligas africanas. Y detrás de esa realidad no hay casualidad alguna, sino una estrategia meditada durante años por la Federación Caboverdiana de Fútbol (FCF), que entendió hace tiempo que para competir con los mejores debía buscar talento más allá de sus fronteras.
La reflexión era sencilla. Con una población que apenas supera los 500.000 habitantes, el margen de reclutamiento dentro de un archipiélago formado por diez islas principales y varios islotes solitarios resultaba limitado. La solución apareció mirando hacia fuera: hijos y nietos de emigrantes caboverdianos, formados en academias extranjeras, especialmente europeas, donde el nivel competitivo es mayor.
Aquella política obligó a explorar caminos poco habituales. Algunos futbolistas fueron localizados mediante métodos tan modernos como inesperados. Y uno de los casos más llamativos fue el de Roberto Lopes, defensa del Shamrock Rovers irlandés, nacido en Dublín, hijo de madre irlandesa y padre caboverdiano. Su historia comenzó en 2019 con un mensaje que recibió a través de LinkedIn.
"No hablaba portugués y usaba LinkedIn sólo para temas de la universidad. Cuando vi aquel mensaje pensé que era falso, que era spam", narró Lopes en una entrevista concedida a 'Footballers Unfiltered'.
Ignoró aquel primer contacto. Pero llegó un segundo mensaje, esta vez en inglés, y entonces decidió prestar atención: "Me volvieron a escribir días después y me di cuenta de que era algo serio. Respondí y a partir de ahí empezó todo. Pensarlo ahora, es una locura", agregó.
Desde entonces, la relación con la selección transformó su vida. Su padre vio cumplido un motivo de orgullo y él, hoy con 33 años, acumula ya 38 internacionalidades. "La experiencia abrió mi mente, me permitió visitar lugares que nunca habría conocido, interiorizarme en la cultura africana y aprender el idioma".
Lopes es sólo uno de tantos ejemplos. Portugal, país históricamente ligado a Cabo Verde, aporta siete futbolistas a la convocatoria: Sidny Lopes (Benfica), Vozinha (Chaves), Stopira (Torreense), Telmo Arcanjo (Vitória), Yannick Semedo (Farense), Jovane Cabral (Estrela da Amadora) y Dailon Livramento (Casa Pia).
Turquía contribuye con tres jugadores: Wagner Pina (Trabzonspor), Nuno da Costa (Basaksehir) y Ryab Mendes (Igdir). Dos militan en Rusia -Kevin Pina (Krasnodar) y Gilson Rodrigues (Akron)- y otros dos en Chipre: Willy Semedo (Omonia Nicosia) y Garry Rodrigues (Apollon Limassol).
El resto de la plantilla completa un auténtico mapa de la emigración futbolística caboverdiana. Logan Costa juega en España con el Villarreal; Jamiro Monteiro, en los Países Bajos con el Zwolle; Carlos Santos, en Estados Unidos con el San Diego; y Hélio Varela, en Israel con el Maccabi Tel Aviv. Son sólo algunos ejemplos de una larga lista que, entre otros, también incluye a Rumanía, Arabia Saudí, Montenegro o Bulgaria.
Todos ellos crecieron lejos de las islas, pero conservan una herencia común. Son futbolistas nacidos o formados en otros lugares que encontraron en la camiseta de Cabo Verde un vínculo con sus raíces.
El próximo lunes, en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta protagonizarán una jornada histórica para un país que entendió antes que nadie que, a veces, para encontrarse a sí mismo hay que mirar más allá del horizonte. Allí estarán los hijos y los nietos de la diáspora, defendiendo con orgullo una bandera que recibieron en herencia y una selección que terminó cambiándoles la vida.
