La sombra del boicot planea sobre el Mundial 2026 ante la política migratoria de Washington

El presidente de los EE. UU., Donald Trump, acompañado por el presidente de la FIFA, Gianni Infantino (derecha), sostiene el Trofeo de la Copa del Mundo mientras realiza un anuncio en la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington, DC.
El presidente de los EE. UU., Donald Trump, acompañado por el presidente de la FIFA, Gianni Infantino (derecha), sostiene el Trofeo de la Copa del Mundo mientras realiza un anuncio en la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington, DC.173904+0000 ANDREW CABALLERO-REYNOLDS

Mientras Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y el mandatario estadounidense, Donald Trump, proyectan el Mundial 2026 como una celebración sin precedentes, un clima de rechazo comienza a empañar los preparativos. En Europa, la indignación crece frente a la agresiva política migratoria de la Casa Blanca, mientras que, en el frente interno, sectores del Partido Demócrata tachan de hipócrita la organización de un evento de hermandad global en un contexto de hostilidad institucional.

Uno de los ataques más inesperados provino del expresidente de la FIFA, Joseph Blatter, quien esta semana utilizó su cuenta en X para lanzar una advertencia directa a los aficionados: “Manténganse lejos de Estados Unidos”. El mensaje de Blatter coincide con un recrudecimiento de los operativos migratorios que han derivado en miles de deportaciones y en incidentes letales, como el tiroteo de dos ciudadanos a manos de agentes del ICE.

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En Alemania, la tensión también es evidente. El vicepresidente de la Federación Alemana de Fútbol (DFB), Oke Gottlich, se unió a las críticas sosteniendo que “la vida de un jugador profesional no vale más que la vida de innumerables personas”. No obstante, esta postura ha generado un cisma interno, pues el presidente de la misma federación, Bernd Neuendorf, desestimó la idea de un boicot y calificó las palabras de su colega como “equivocadas”.

Posturas encontradas en el Capitolio

Dentro de las fronteras estadounidenses, el debate no gira en torno al impacto económico —que se prevé masivo—, sino a la coherencia moral del evento. El gobernador de California, Gavin Newsom, ha lamentado que las políticas “caóticas y crueles” de Trump están empujando al mundo a rechazar al país. En la misma línea, el senador demócrata Chris Van Hollen subrayó la paradoja de la actual administración: “Se supone que la Copa es un momento en el que el mundo se une, deja de lado las diferencias para celebrar el deporte, y si bien simboliza la unión mundial, tenemos a un presidente de Estados Unidos que intenta excluir al mundo, a la gente”, afirmó el senador el pasado diciembre.

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Desde la acera republicana, la visión es diametralmente opuesta. El director del Grupo de Trabajo del Mundial, Andrew Giuliani, defendió la gestión desde la Casa Blanca asegurando que: “Demostraremos al mundo que podemos mantener la más estricta seguridad nacional y el control migratorio, al mismo tiempo que ofrecemos una hospitalidad deportiva de primer nivel”.

El silencio de Pochettino y la barrera de los precios

En el ámbito estrictamente deportivo, el seleccionador de EE. UU., Mauricio Pochettino, ha optado por la neutralidad. Al ser consultado este jueves sobre el clima social, el técnico argentino fue tajante al señalar que sus jugadores y su cuerpo técnico “no son políticos”.

Pochettino tampoco quiso valorar el desorbitado precio de las entradas, un factor que ha indignado a los fans tanto como la política migratoria. La realidad económica del torneo es prohibitiva: el boleto más económico para la final en el MetLife Stadium ya supera los 4.000 dólares.

Estados Unidos será el escenario principal de esta cita, acogiendo 78 de los 104 partidos programados entre el 11 de junio y el 19 de julio. Sin embargo, a medida que se acerca la inauguración, el desafío de la organización será demostrar si el balón puede rodar por encima de una fractura social y política que parece profundizarse cada día más.