Andrés Cubas, el corazón silencioso del equipo

Andrés Cubas con camiseta negra y el número 14, driblando un balón mientras un defensor alemán se prepara para interceptar.
Andrés Cubas participa activamente en un partido contra Alemania durante el Mundial 2026.Arcenio Acuña

Si Paraguay tuvo un jugador indispensable de mitad de cancha hacia atrás en este Mundial, ese fue Andrés Cubas. Su torneo fue, sin exagerar, uno de los más sólidos y completos dentro de la estructura albirroja. No fue el más vistoso ni el que se llevó los flashes, pero sí el futbolista que sostuvo el andamiaje del equipo con una regularidad admirable, una lectura táctica de altísimo nivel y un despliegue físico que lo convirtió en una pieza irremplazable para Gustavo Alfaro.

Cubas fue el equilibrio, la cobertura y también el primer respaldo de todos. Jugó con la inteligencia de quien entiende el partido antes de que la jugada termine de armarse. Siempre apareció donde el equipo más lo necesitaba: para cerrar un espacio, para cortar una transición rival, para auxiliar a un lateral expuesto o para darle aire a una defensa que por momentos tuvo que convivir con largos pasajes de asedio.

Fue, en muchos tramos del Mundial, el verdadero termómetro de Paraguay, el hombre que marcó el pulso del equipo y el que sostuvo el orden cuando el contexto amenazaba con romperlo.

Su partido frente a Turquía fue una demostración clara de su importancia. En una noche en la que Paraguay tuvo que resistir varios momentos de presión, Cubas se hizo enorme en la zona media.

Corrió hacia adelante para incomodar la salida rival y retrocedió con la misma intensidad para tapar huecos y proteger a los centrales. No solo recuperó, sino que además dio sentido a cada intervención, porque casi siempre apareció para cortar el avance justo antes de que el rival encontrara profundidad.

Ante Australia volvió a ser decisivo, aunque desde un lugar menos visible. Fue un encuentro incómodo, de mucho desgaste, en el que Paraguay necesitaba sostener el equilibrio emocional y táctico para no partirse.

Ahí estuvo Cubas, como tantas veces, ocupando el centro de la escena sin hacer ruido. Ordenó al equipo desde la ubicación, corrigió desajustes, persiguió marcas complicadas y mantuvo a la selección competitiva en un trámite en el que cada error podía costar demasiado caro.

Contra Alemania, en uno de los partidos más exigentes del torneo, su actuación volvió a estar a la altura de los grandes. Fue uno de los motores de la resistencia paraguaya, un futbolista que nunca dejó de ofrecerse para la recuperación ni de multiplicarse para achicar espacios.

En un duelo en el que la intensidad física y mental rozó el límite, Cubas respondió como si tuviera resto para dos partidos. Cada cruce, cada relevo, cada pelota dividida llevó su sello de compromiso y de concentración.

Y frente a Francia, ya en un contexto de máxima exigencia, repitió la fórmula que lo convirtió en una de las figuras paraguayas del Mundial. Persiguió, recuperó, barrió detrás de los volantes, ayudó a contener los avances por dentro y trató de sostener el orden cuando el rival empujaba con jerarquía.

No hubo tramo del partido en el que se lo viera desconectado. Siempre estuvo metido, siempre atento, siempre dispuesto a hacer el trabajo menos reconocido y, justamente por eso, más valioso.

Cubas no necesitó goles, lujos ni estadísticas rimbombantes para transformarse en una de las grandes figuras de Paraguay en la Copa del Mundo. Su semblante fue el del obrero imprescindible, el del futbolista que sostiene a los demás sin pedir nada a cambio, el del mediocampista que parece jugar dos partidos en uno.

Fue el equilibrio de un equipo que muchas veces se sostuvo a partir de la solidaridad, la disciplina y el esfuerzo colectivo, y dentro de ese entramado nadie representó mejor esos valores que él.

En un Mundial donde Paraguay volvió a mostrarse competitivo, Cubas dejó la sensación de haber firmado su torneo consagratorio con la camiseta albirroja. No porque haya cambiado su esencia, sino porque la llevó a su máxima expresión en el escenario más grande de todos.

Silencioso, sacrificado, tácticamente impecable y emocionalmente estable, fue el corazón que latió sin pausa para que el equipo no perdiera nunca su forma ni su espíritu.

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