Cuando Paraguay necesitó reforzar la mitad de la cancha, sumar presencia física, endurecer la disputa y tener un volante capaz de sostener duelos intensos, Gustavo Alfaro lo miró a él. Y Bobadilla respondió.
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Su perfil encajó en partidos de máxima exigencia, de esos en los que el mediocampo se transforma en una zona de choque permanente y en los que cada pelota dividida tiene un valor enorme. Allí apareció su mejor versión: un volante fuerte, aplicado, con capacidad para meter, correr, chocar y darle al equipo una cuota extra de energía en escenarios de alta fricción.
No fue un futbolista de grandes lujos ni de intervenciones vistosas, pero sí uno de esos jugadores que ayudan a que el plan colectivo se sostenga.
Bobadilla entendió rápido qué necesitaba Paraguay de él. Su aporte estuvo ligado a cerrar espacios, ofrecer piernas frescas, disputar con agresividad y sostener el ritmo cuando el partido pedía más músculo que pausa.
En un torneo donde la Albirroja tuvo que convivir muchas veces con tramos de resistencia y con rivales físicamente exigentes, su presencia fue una respuesta funcional para equilibrar la zona media y darle otra densidad al equipo.
Uno de los partidos donde mejor se interpretó su papel fue el cruce frente a Alemania. Allí la batalla del mediocampo era decisiva y Paraguay necesitaba jugadores dispuestos a jugar al límite del esfuerzo.
Bobadilla aportó justamente eso: fortaleza para el roce, energía para achicar, compromiso para perseguir y la determinación de no dejar que el rival se adueñara con comodidad de la zona central.

