Dentro de un equipo que muchas veces tuvo que resistir, correr y jugar con márgenes muy pequeños, Gómez apareció como una pieza de enorme valor. Su dinámica le permitió sostener un ida y vuelta permanente, llegar a zonas de recuperación y, casi en la misma acción, ser el primer pase o la primera conducción para iniciar una respuesta.
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No fue solo un volante de desgaste: también fue un futbolista con capacidad para conducir algunos metros, ganar terreno y darle oxígeno a una selección que por momentos necesitó salir del ahogo a partir de impulsos individuales.
Su crecimiento dentro del torneo se notó especialmente en la reconstrucción del equipo después del duro debut. Paraguay necesitaba recomponerse anímicamente, recuperar orden y encontrar respuestas futbolísticas, y en ese proceso Diego tuvo un papel importante.
Su presencia le dio aire a un mediocampo que en varios partidos debió correr detrás de la pelota, tapar espacios y sostener esfuerzos prolongados. Cuando el equipo se acomodó y empezó a competir mejor, buena parte de esa mejoría también pasó por su energía y su capacidad para abarcar mucho campo.
Gómez fue de esos jugadores que hicieron visible el sacrificio colectivo de Paraguay. Acompañó a Cubas en la tarea de equilibrar, fue apoyo para los laterales cuando el rival cargaba por afuera y también se ofreció como socio para acelerar las transiciones.
Su intensidad ayudó a que el equipo no quedara partido y a que el mediocampo tuviera una cuota de agresividad indispensable para pelear cada partido desde la disputa.
Si bien en el partido frente a Francia, ya en un cruce de máxima tensión y de detalles mínimos, cometió la infracción dentro del área que terminó en el penal convertido por Kylian Mbappé y en la eliminación albirroja, ello no afecta su desempeño en el Mundial.
Fue una acción que pesó por el contexto, por el rival y por la consecuencia final. Una de esas jugadas que quedan grabadas porque cambian el rumbo de un partido y, en este caso, también el destino de Paraguay en el torneo.
Pero reducir el Mundial de Diego Gómez a esa escena sería injusto con todo lo demás que ofreció a lo largo de la campaña.
Porque antes de esa jugada hubo varios partidos de esfuerzo, de despliegue, de presión, de coberturas y de aportes decisivos para que Paraguay pudiera recomponerse y competir de igual a igual.
Diego fue uno de los rostros del sacrificio paraguayo, un volante que dejó energía en cada presentación y que asumió un rol importante en la estructura del equipo. Su torneo tuvo la contradicción cruel que a veces propone el fútbol: ser uno de los hombres más valiosos del recorrido y, al mismo tiempo, cargar con la acción que terminó por marcar el desenlace.
Pero su Mundial debe contarse desde el esfuerzo, la personalidad y el peso que tuvo para sostener a una selección que encontró en él una fuente constante de dinámica, rebeldía y compromiso.

