Su papel fue el del defensor experimentado que aparece cuando el contexto lo reclama: para cerrar partidos, para refrescar la zaga en medio del desgaste físico acumulado y para aportar oficio en tramos donde la resistencia del equipo exigía piernas frescas, concentración absoluta y personalidad para no desordenarse.
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A lo largo del torneo, la defensa paraguaya vivió bajo una exigencia enorme. El golpe del debut ante Estados Unidos, los duelos cerrados frente a Turquía y Australia, y sobre todo las batallas de eliminación directa contra Alemania y Francia, obligaron al cuerpo técnico a administrar energías y a mover piezas sin perder solidez.
En ese escenario, Balbuena se convirtió en una alternativa de jerarquía. No era un simple recambio numérico: su ingreso representaba experiencia, conocimiento del puesto y una voz más para ordenar a una última línea que pasó buena parte del Mundial conviviendo con la presión rival.
Cada vez que le tocó entrar, lo hizo con la seriedad de quien entiende perfectamente el momento del partido. Aportó presencia aérea, lectura para los cruces y serenidad para los cierres, tres elementos clave en una selección que muchas veces se sostuvo desde el orden y la capacidad de sufrir.
Balbuena fue, en ese sentido, una garantía para Alfaro: un central capaz de acomodarse rápido a la intensidad del encuentro y de ofrecer una respuesta sobria sin necesidad de continuidad absoluta.

