Llegó como una alternativa de futuro y se llevó el aprendizaje de haber formado parte del escenario más exigente del fútbol.
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Sumó minutos, compartió entrenamientos con jugadores de mayor recorrido y pudo sentir de cerca la intensidad, la presión y la concentración que exige una Copa del Mundo.
Cada práctica, cada partido y cada momento dentro del grupo fueron una oportunidad para incorporar herramientas que pueden marcar su evolución como futbolista.
Su participación no estuvo marcada por grandes apariciones, pero sí por la posibilidad de dar un primer paso en la élite.
Para un jugador joven, convivir con ese nivel de competencia, entender los tiempos del juego y adaptarse a la exigencia internacional representa una escuela acelerada.
Caballero fue parte de esa nueva generación paraguaya que empezó a tomar contacto con el máximo escenario. Su Mundial quizás no se mide por estadísticas, sino por lo que puede significar a futuro: una experiencia que puede convertirse en el punto de partida de una carrera mucho más grande.

