En el debut frente a Estados Unidos, como le ocurrió a buena parte de la defensa paraguaya, padeció el vértigo, la amplitud y la agresividad de un rival que golpeó con velocidad y obligó a la Albirroja a correr detrás de la pelota durante demasiados tramos del partido.
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A Cáceres le tocó vivir una noche incómoda, de retrocesos largos y duelos exigentes por su sector, en un escenario donde casi no hubo respiro.
Sin embargo, lejos de quedar marcado por ese estreno, el lateral fue encontrando su mejor versión a medida que avanzó el campeonato. Se acomodó a la exigencia del Mundial, ganó confianza y empezó a ofrecer una respuesta cada vez más sólida desde lo táctico y lo físico.
Le tocó adaptarse a distintos dibujos, tanto en línea de cuatro como en esquemas con cinco defensores, y en ambos contextos cumplió con una disciplina notable. Supo cuándo proyectarse, cuándo cerrar hacia adentro, cuándo ir a la presión y cuándo resignar terreno para proteger el bloque. Esa lectura del juego fue una de sus mayores virtudes a lo largo del torneo.
Cáceres fue, sobre todo, un futbolista de sacrificio permanente. Corrió su banda sin descanso, cubrió espacios con generosidad, sostuvo relevos defensivos y convivió con partidos de altísima carga física sin perder concentración.
En los encuentros más cerrados, donde Paraguay necesitó rigor táctico, orden y compromiso por encima de cualquier brillo individual, su presencia se volvió especialmente valiosa. No fue un Mundial de lujos para él, sino de esfuerzo, de aplicación y de constancia. Y en una selección que muchas veces tuvo que resistir más de lo que pudo proponer, ese tipo de futbolista terminó siendo fundamental.
Su mejor imagen apareció en los partidos de mayor tensión, cuando el equipo se jugó la clasificación y después la supervivencia en las llaves directas.
Allí se vio a un Cáceres mucho más maduro, más seguro en los cruces y más confiable para sostener la estructura defensiva. Incluso cuando el cansancio empezaba a notarse, nunca dejó de empujar ni de ofrecer recorrido. Siempre estuvo dispuesto a repetir un pique más, a cerrar una diagonal o a auxiliar al compañero cuando la jugada lo pedía.
Y si había una prueba de fuego para medir su crecimiento, esa fue Francia. En un duelo de máxima exigencia, Cáceres tuvo la misión de convivir con el talento, la velocidad y el desequilibrio de Kylian Mbappé, uno de los atacantes más determinantes del planeta.
Lejos de achicarse, el paraguayo firmó una actuación notable en la marca, siguiéndolo con intensidad, cerrándole espacios y obligándolo a jugar incómodo durante largos pasajes del partido. No le regaló un metro, lo persiguió con disciplina y se plantó con personalidad ante una amenaza de élite.
Esa tarea, silenciosa pero enorme, terminó de redondear el semblante de su Mundial: el de un lateral que fue de menos a más, que se vació por completo en cada presentación y que terminó dejando la imagen de una banda sostenida por esfuerzo, temple y una evolución que lo convirtió en una de las piezas más fiables del recorrido paraguayo en la Copa.

