Su gol ante Turquía, tempranero y decisivo, no fue solamente un tanto más en la estadística: fue el golpe que encendió la reacción del equipo después de un debut adverso y el punto de partida de una resurrección que devolvió ilusión y competitividad.
Lea más: La Albirroja regresó al país tras su histórica campaña en el Mundial 2026
En un Mundial donde los márgenes eran mínimos y donde Paraguay necesitaba respuestas inmediatas para no quedar herido de muerte demasiado pronto, Galarza apareció en el momento justo.
Su gol no solo abrió un partido determinante, sino que también alivió la presión de todo un grupo que necesitaba una señal de vida. A partir de esa noche, la selección recuperó aire, encontró una base emocional desde la cual reconstruirse y empezó a mostrar una versión mucho más firme. En ese giro, la huella de Galarza quedó marcada para siempre.
Pero su aporte no se limitó a aquella definición contra Turquía. Lo que vino después terminó de confirmar que no se trataba de una irrupción aislada, sino de un futbolista capaz de ofrecerle cosas muy valiosas al equipo.
Su energía, su capacidad para presionar, su despliegue para abarcar metros y su predisposición para jugar al ritmo que pedía cada partido le dieron otra dinámica al mediocampo paraguayo. Galarza fue intensidad, movilidad y una cuota de agresividad bien entendida para pelear la segunda pelota, para acompañar la recuperación y para no dejar que el equipo se partiera.
Su presencia ayudó a que Paraguay tuviera más piernas en la zona media y más capacidad para sostener esfuerzos largos.
En un equipo que necesitó correr mucho, achicar espacios y convivir con partidos de alta exigencia, Galarza apareció como un volante de enorme utilidad. No siempre desde el mismo rol, porque alternó titularidades y relevos, pero casi siempre dejando la misma sensación: la de un jugador dispuesto a entregar intensidad, compromiso y energía sin importar el contexto del partido ni el minuto en el que le tocara entrar.
Ese fue uno de sus mayores méritos en la Copa del Mundo. Supo entender el lugar que ocupaba dentro del plantel y, lejos de resignarse a un rol secundario, convirtió cada oportunidad en una plataforma para crecer. Cuando le tocó entrar, impactó.
Cuando fue titular, sostuvo el ritmo. Y cuando el equipo necesitó una inyección anímica o futbolística, su presencia muchas veces representó una respuesta. No es casual que haya terminado siendo uno de esos nombres que el hincha recuerda con cariño: porque su Mundial estuvo marcado por la sensación de haber dado siempre algo más.

