Almirón fue uno de los futbolistas que mejor interpretó el mensaje del entrenador. Corrió hacia adelante y hacia atrás, presionó salidas rivales, acompañó a los laterales en tareas defensivas y asumió recorridos que muchas veces no aparecen en las planillas, pero que resultan fundamentales para sostener un equipo competitivo. Su trabajo no siempre tuvo recompensa en metros ganados o asistencias, pero sí en equilibrio colectivo.
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En varios pasajes del torneo se lo vio más lejos del área de lo habitual, obligado a retroceder para cerrar espacios, perseguir marcas y colaborar en la recuperación. Para un jugador acostumbrado a ser una amenaza constante en campo rival, ese rol implicó un esfuerzo extra. Almirón entendió que el contexto requería otra versión de él: menos enfocada en la definición y más comprometida con el funcionamiento general del equipo.
Su velocidad, sin embargo, nunca dejó de ser un arma importante para Paraguay. Incluso cuando la selección estaba sometida a la presión del rival, su capacidad para atacar espacios y recorrer grandes distancias representó una vía de escape. Bastaba una conducción suya o un desmarque profundo para que el equipo pudiera salir del retroceso y ganar metros en campo contrario.
Esa adaptación fue una de sus mayores virtudes durante la Copa del Mundo. No necesitó ser el futbolista desequilibrante que tantas veces brilló en Inglaterra o en otras etapas de su carrera para resultar determinante. Su valor estuvo en entender cuándo acelerar, cuándo sacrificarse y cuándo convertirse en un apoyo defensivo más dentro de un bloque que hizo de la solidaridad una de sus principales fortalezas.

