A partir de allí se adueñó del arco con una madurez impropia para su edad, transmitiendo seguridad en un contexto de máxima exigencia.
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Frente a Turquía sostuvo a Paraguay cuando el partido se hizo largo, áspero y lleno de sufrimiento. Repitió la receta ante Australia, en un duelo donde el cero era oro para seguir con vida.
Pero su gran consagración llegó en Boston, ante Alemania: atajó en la prórroga una pelota a quemarropa y luego se transformó en figura absoluta de la tanda de penales, conteniendo dos disparos decisivos para meter a Paraguay entre los mejores del torneo.
Contra Francia volvió a dejar una actuación enorme, con una doble tapada monumental ante Mbappé que evitó una derrota más amplia. Solo un penal pudo vulnerarlo.
De la tormenta del debut a convertirse en símbolo: Gill salió del Mundial como una de las revelaciones del certamen y como un nombre que el hincha paraguayo difícilmente olvide.

