Ortiz Guerrero nunca se rindió ante su muerte

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Manuel Ortiz Guerrero (1994 – 1933) es un hombre que hizo historia en nuestro país. Por su poesía y por su condición humana; por su talento natural para las letras y por la emoción que despertó en sus connacionales. Mañana aparece el libro dedicado a su vida, escrito por la filóloga Adriana Medina Aguiar, dentro de la colección Gente que Hizo Historia.

Un nombre como el suyo no pudo estar ausente en una colección como esta, y por ello fue incluido en la serie para una nueva visión biográfica, escrita por Adriana Medina Aguiar, una joven autora y gran conocedora del proceso folclórico paraguayo. El libro aparecerá mañana domingo con el ejemplar de nuestro diario.

En esta entrevista, Adriana habla de su obra, la biografía de Manuel Ortiz Guerrero, decimoquinto volumen de la Colección Gente que hizo Historia, de El Lector y ABC Color. Ortiz Guerrero vivió en Asunción durante muchos años, hasta que decidió regresar a su ciudad natal: Villarrica.

–¿Por qué regresó a Villarrica?

–Aquejado por su enfermedad –la lepra– decidió volver a su ciudad natal como un modo de retorno al recuerdo de la infancia feliz que tal vez lo libraría espiritual y anímicamente de la tristeza y el dolor.

–¿Cómo puede definir usted a la obra poética Ortiz Guerrero?

–Es una obra profundamente optimista ante la vida, reflejo de una lucha interna por superar el dolor; una obra profundamente humana y reflejo de las diferentes corrientes literarias en auge en aquella época, desde el romanticismo, pasando por el modernismo, posmodernismo y las vanguardias.

–¿Quién fue Dalmacia para Ortiz Guerrero?

–Dalmacia fue el amor de Manú, la mujer que lo aceptó, lo cuidó y amó sin condiciones; la compañera de camino que estuvo a su lado hasta su último suspiro doliente.

–¿Qué participación tuvo en la concepción de la guarania junto a Flores?

–Surgen dos presuntos orígenes, el legendario y el documentado. El legendario plantea que todo lo hizo Manú, desde las melodías hasta las letras y que halló en Flores al intérprete de esas melodías. El origen documentado plantea que él intervino en el nombre dado al nuevo género musical y en la letra de varias de ellas.

–¿Cuándo y cómo murió Ortiz Guerrero?

–Murió el 8 de mayo de 1933, aquejado por la última faceta de su enfermedad. “La obra de la lepra la termina la tuberculosis”, señala su más destacado biógrafo, Arturo Alsina.

–A su criterio, cómo se explica la vigencia de la obra poética de Ortiz Guerrero.

–Ortiz Guerrero tiene vigencia porque cantó como todos los poetas al amor y a la muerte; y a la vida con una fuerza espiritual inmensa, de tal forma que adquirió tal vez una condición mítica para el pueblo paraguayo. Además, fue un Maestro en todo sentido para los de su generación y hasta para la nuestra. Tampoco se puede obviar su importante labor de dignificación de nuestro idioma guaraní.

Según indica en la introducción de su libro Adriana Medina Aguiar, hablar de Manuel Ortiz Guerrero es como hablar del “Kirito” paraguayo, aquel hombre bendecido por el Creador con el don de la vida, pero signado por la tragedia de su existencia desde su nacimiento hasta el último suspiro doliente. Una vida tal vez signada por tanto dolor para tocar la vida de otros – ¿una misión divina?– con el trazo delicado y profundo de la fe y la esperanza, con la pluma del optimismo pese al fracaso corporal, con el toque de alados dedos de profundo sentimiento para dejar en la historia de la cultura paraguaya una huella imborrable de un dolor estoico, de un lirismo inagotable.