Una estudiada fortificación que detuvo a los aliados

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La gran victoria paraguaya lograda el 22 de setiembre de 1866 en la batalla de Curupayty, Ñeembucú, es el tema que encara el libro del mismo nombre escrito por el historiador compatriota Hugo Mendoza y que aparecerá el próximo domingo 24 con el ejemplar de nuestro diario, como parte de la colección “A 150 años de la Guerra Grande” preparado por la editorial El Lector y ABC Color.

Lo de Curupayty se dio gracias a una planificada fortificación ordenada por el propio Francisco Solano López. En la defensa del bastión cumplió una gran gestión el general José Eduvigis Díaz.

De acuerdo con lo que señala Hugo Mendoza en su libro, el mariscal tenía muy claro el hecho de que una derrota en Curupayty era el fin de la guerra y también el suyo. Reconoció este grave peligro que para su posición fortificada, en torno a Humaitá, representaba la pérdida de Curupayty, pues el flanco derecho y la espalda de su posición del estero Bellaco quedarían a merced de un ataque de las tropas desembarcadas en la orilla del río Paraguay.

Intervinieron en la ejecución de los planes de defensa de Curupayty el general José E. Díaz y los ingenieros coronel George Thompson (inglés) y Francisco Wisner de Morgenstern (húngaro).

También merece especial mención el técnico teniente coronel Leopoldo Myzkowsky (polaco y abuelo del dramaturgo Julio Correa) como colaborador del general Díaz en el trazado de los planes de fortificación. Myzkowsky murió en la batalla defendiendo las trincheras que había ayudado a levantar.

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Dice Mendoza que el coronel Wisner de Morgenstern, conforme a la orden recibida del mariscal López, trazó sobre el terreno el plano de las nuevas obras de fortificación proyectadas para contener en Curupayty el avance inminente del enemigo.

El 7 de setiembre de 1866 el coronel húngaro presentó al mariscal López el plano de la defensa de Curupayty. Se pensó abrir una trinchera a lo largo de la escarpada barranca, que partiera de la batería de Curupayty, siguiendo el borde del carrizal que es el punto donde principia la llanura de Curupayty. Se reforzó la guarnición con 5.000 hombres.

Fue convocado un consejo de guerra, que reunió el 8 de setiembre en Paso Pucú a los jefes superiores para considerar el plano de defensa de Curupayty que había presentado Wisner. Todos lo aprobaron menos el general Díaz, quien sostuvo que teóricamente podían ser excelentes las obras proyectadas pero que en la práctica difícilmente podían dar los resultados esperados

Al final, la opinión del general Díaz fue la que prevaleció. Volvió este jefe a Curupayty con autorización del mariscal para obrar libremente, pero asumiendo toda la responsabilidad del resultado de la próxima jornada.

El general Díaz, comandante táctico de esta posición, vio aumentar sus fuerzas hasta 5.000 hombres (7 batallones de infantería y 4 regimientos de caballería) y también la de su artillería de campaña. El número de cañones alcanzó a 49 –sin contar dos baterías de coheteras–, 13 de las cuales pertenecían a la batería que daba frente al río y las demás a la trinchera.

La trinchera arrancaba por la línea derecha de la batería que defiende el paso del río, y siguiendo una meseta diseñada en el terreno, apoyaba su izquierda en un lago denominado Laguna Méndez, después de formar una especie de arco ligeramente tendido, que permitía cruzar los fuegos de la artillería sobre el enemigo que debía avanzar por terreno cortado por zanjas y cubierto de malezas y montículos que estorbarían la visión de nuestras líneas por parte de la escuadra naval imperial. El foso, colmado por el agua de las lluvias, alcanzó a tener casi dos metros de profundidad y tres de ancho. Este sería el dispositivo inexpugnable para los aliados.

El liderazgo de la batalla

Uno de los errores de los aliados fue que había dos fuerzas enfrentadas para atacar Curupayty. Por un lado los brasileños y por el otro los argentinos y uruguayos. Finalmente, fue Mitre quien encabezó la ofensiva. Su plan de ataque se llevaría a cabo el 17. La escuadra naval brasileña debía aplastar a la fuerte artillería paraguaya para facilitar el avance de la infantería y el acercamiento de la artillería aliada.

A las 09:30 del 17 de setiembre de 1866 cayó una copiosa lluvia que no cesó en toda la jornada, Tamandaré manifestó a Mitre la conveniencia de suspender el bombardeo.