La gloria del ‘62, evocación a las musas del baloncesto

El 8 de mayo es como el cumpleaños del básquetbol paraguayo, una de las marcas más gloriosas de la historia de nuestro deporte. En la fecha se evoca el 58° aniversario de la obtención del título Sudamericano femenino de mayores de baloncesto en el mítico Estadio Comuneros. Las voces de las reinas de la gloria permanecen perennes y con seguridad van por los corredores del Palacio de López, que se cierne prácticamente sobre los añejos cimientos y la ruina del Estadio, bajo el césped de la Plaza Comuneros. Pasan los años y los recuerdos retornan.

Antes que nada recordemos a estas musas del baloncesto, a la cabeza con la más reconocida dama de la naranjada: Edith Nunes, con una pléyade fantástica de atletas, como Arminda Malatesta, Nunila Echagüe, Dionisia Echaglie, Afrika Bataglia, Aida González, Julia Ortiz, Elda Enma Miers, Virgilia Figueredo, Olga Bikov, Fanny González, Altira Llorens, Gladys Prieto y Estela López Mena.

Son estas panteras las que hicieron posible tan significativo cetro, derribando a un coloso de la región, las “imbatibles” brasileras. Y fue en el “Comuneros”, estadio con nombre homenaje a otros atrevidos criollos que ya habían desafiado a la corona en los 1700, así como las nuestras desafiaban al imperio verdeamarillo invicto y en una época dominante por los brasileños.

Las páginas deportivas relatan que en la noche de aquel 8 de mayo de 1962, faltaban unos pocos segundos en el cronómetro para la finalización del juego, cuando la pívot Edith Nunes, grande en estatura, grande en corazón y grande hoy en el paraíso, tomó la responsabilidad del momento y ante la vista expectante, bocas abiertas y pecho a punto de estallar de las gradas colmadas de fanáticos del deporte: “Recibí la pelota, giré y lancé, y estando en el aire sonó la chicharra. Vi que golpeó por el borde del aro y parecía que no entraría, pero por esas cosas del juego y para felicidad del pueblo paraguayo y de mis compañeras se hizo el doble”, en sus propias palabras, describiendo ese infartante momento de gloria.

La selección paraguaya caía 51-52 a falta de 4 segundos, ese estrecho destello del tiempo fue suficiente para la proeza, para que esa descripción vívida de Edith se haya convertido en un doble para la victoria 53-52 y la explosión de júbilo de jugadoras, cuerpo técnico, dirigentes y todos los fanáticos presentes, salvo por cierto, de la desilusionada visita, que ya tenía en la mochila la victoria y a punto de hacer correr el cierre para llevarse el triunfo desde Paraguay.

Varias de estas “chicas” ya fueron protagonistas de la primera estocada de gloria, en el ‘52, jugadoras como Afrika Battaglia y Aída González, ya habían libado la gloria una década antes, un 28 de abril de 1952, acompañadas de Cira Escudero, María Ester López Mena, María Teresa Escobar, Heidi von Eckartsberg, Lila Acosta Moreno, Iris Aranguren, Dora Benítez, Anselma Cardozo, Haydée Torres, Eufrosina Cárdenas y Gloria Hellman.

Coincidentemente, aquella conquista también fue obtenida en el juego final contra Brasil y por supuesto, en el mismo “mudo” Estadio Comuneros.

Para completar esta evocación a la proeza del ‘52 no se puede dejar de reconocer el mérito del cuerpo técnico, comandado por el recordado Jorge Bogado y con la preparación física del “profe” Ramón Giménez.

En la actualidad, los amantes del básquetbol añoran la brillante época de esta camada de mujeres que hicieron olvidar de toda desdicha al pueblo paraguayo y lo situaron en la cúspide del baloncesto femenino.

Los miles de atletas que se miraron en el espejo de estas guapas y efectivas mujeres, también sembraron en sus corazones el amor a la práctica del baloncesto, más a pesar de todo el empeño, dedicación, esfuerzo y algunas meritorias clasificaciones en certámenes internacionales, no se pudo emular hasta ahora lo realizado por esta camada extraordinaria.

Queda, sin embargo, la esperanza que, en una noche como en aquel 8 de mayo, el grito de la afición y de todos quienes amamos el básquetbol retumbe en el nuevo Estadio Comuneros de ensueño y que celebre la gloria de un título de oro, quizá tan anhelado como lejano.

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