Walter Milciades Fretes Bogarín nació en Areguá el 18 de mayo de 1982. Es hijo de don Cleto y doña Felicia. Sus hermanos son Gustavo, Osvaldo y Cristian. Su pareja es Helem Jessit y tiene cinco hijos: Walter (15), Fiorella (11), Franco (6), Amyra (2) y Arleth (2).
Cuando tenía ocho años fue a la escuela de fútbol de Cerro Porteño, “por fanatismo de mi tío César González”. A esa altura ya era un chico fanático azulgrana.
Fueron tres temporadas de formación y competencia, con la cédula de identidad. A los 11 retornó a la capital del departamento Central. Su primer fichaje fue por el club de su barrio, Unión Paraguaya, desde donde pasó a Domingo Martínez de Irala, en Cocué Guazú, Areguá.
“Salimos campeones en Infantil y luego subí a Primera. En un Intercolegial, José Devaca me dijo que hacían prueba en Cerro, que salió en el diario la convocatoria y me sugirió que vaya para la Cadete. Me presenté, jugué 20 minutos y el profesor Crispín Maciel me puso al costado y me habló. Le dije que ya estuve en la escuela con Alejandro Da Silva y demás. Me citó para el día siguiente para actuar en Inferiores”.
Si bien el hecho de traer su ficha al Ciclón significaba un paso importante, era difícil conseguir un lugar en el equipo. Pasaban las fechas y el panorama era desalentador, entre los suplentes. “La verdad que jugué poco en Inferiores, porque los mediocampistas centrales éramos muchos, como seis. Una vez le expulsaron a ‘Aquiles’ (Carlos Báez Appleyard), que en ese momento jugaba de 6 y le dieron como cuatro a cinco partidos de suspensión por reincidencia y me tocó la oportunidad de entrar de titular. Con dos juegos ya me convocaron a la selección Sub 17, se me dieron rápido las cosas”.
Sudamericano Sub 17 de 1999, con el vicecampeonato incluido en Uruguay y Mundial de la categoría de ese mismo año en Nueva Zelanda. Experiencias inolvidables que ayudaron a su rápido crecimiento deportivo. “Al retornar, el profesor Carlos Báez Vargas me alzó a Primera, si bien no debuté ese año, estuve de suplente, me sirvió muchísimo”.
“En el 2000 fue mi primer partido con el equipo principal, contra Sportivo Luqueño, un empate sin goles y actué como volante por derecha”.
Había firmado su contrato inicial con el club del pueblo, que abonó a su padre por su ficha 20.000 dólares, bajo la presidencia de Luis Domingo Lezcano, con un sueldo de un millón de guaraníes, una suma importante para un adolescente. Lo primero, “un camioncito para papá”, que era lo que faltaba para transportar los productos fabricados en la alfarería de su casa.
“En 2007 fui a Jaguares de Chiapas y luego pasé al Newell’s Old Boys”. El salario más jugoso fue en México, US$ 30.000 mensuales. “Ahí daba gusto, no te debían. Gracias a eso compré terrenos, hice mi casa, tengo una casa quinta”. Dentro de todo, le dio buen destino a sus ingresos, aunque pudo haberle sacado un poco más de jugo. Si pudiera volver atrás, obviamente suprimiría los gastos sin sentido.
“Después jugué en Cerro nuevamente, pasé a Luqueño, estuve dos meses más o menos en Rubio Ñu, hasta que fui a Perú, al San Martín de Porres, donde salimos campeones y jugamos a nivel internacional con el ‘Maño’ Ruiz, algo histórico para el club”.
Su ciclo en suelo incaico fue bueno, más aún cuando fue llamado por un grande, Universitario de Deportes. “Hice un contrato, pero no pude jugar por problemas económicos de la institución. Los futbolistas del plantel se pusieron fuertes, decían por qué contratan si a ellos se les debía y el problema se hizo largo. Estuve entrenando dos meses más o menos, aparte, fuera del grupo y mediante el gremio entablé la demanda. Gané el pleito y recién ahora estoy por cobrar cerca de 560.000 dólares, más los intereses. Ya falta poco, no sé si me darán en forma íntegra o en cuotas, pero lo importante es que me den”.
Erico Galeano lo llamó para militar en la Intermedia por Capiatá, “porque quería subir y logramos el objetivo”. Después actuó un par de meses en River Plate, el Kelito, hasta que retornó a Capiatá en el 2014 para cerrar prácticamente su carrera.
Unión Paraguaya le abrió de nuevo las puertas, como hijo dilecto de la casa y San Rafael de Itauguá fue su último club, para pasar a la faceta de director técnico. En la actualidad forma parte del staff de orientadores de la Fundación Azulgrana, bajo la coordinación de Mario Grana.
A nivel Sub 20 jugó en el 2001 el “Suda” de Ecuador y el Mundial de Argentina, donde Paraguay obtuvo su mejor posición en una competencia de la FIFA, con el cuarto puesto.
“En la selección mayores tuve algunos partidos, en la Copa Naciones de Irán, con amistosos en Estados Unidos. Estuve en el plantel previo para el Mundial Alemania 2006, con el ‘Maño’. No fui a ese evento y lógicamente me afectó, principalmente en los primeros meses, el golpe era muy duro, pero tuve la contención de mi familia, mis amigos. El profesor Gustavo Costas que estaba en Cerro me habló mucho, para no decaer, porque era joven”.
Además del fútbol, daba una mano al emprendimiento familiar. “Siempre ayudé en el trabajo en la alfarería, también económicamente para comprar los insumos; hasta ahora sigue la fábrica”.
El presente. “Estoy en el tema de alquiler de eventos, gracias a Dios. No es como en la época en la que jugaba y tenía entrada (de dinero), permanente. Ahora uno se maneja con lo justo, no es cuestión de malgastar nada. Llegué a tener buenos vehículos y a venderlos también con un socio; traíamos directo de Estados Unidos. Cuando empezaron a meter autos ‘chilere’, se fue a pique el negocio”.
En el estudio. “No era tan bueno, tampoco malo, regular ja’e chupe. Con 500, 1.000 guaraníes de recreo, comía empanada con gaseosa, a veces galletita, lo que alcanzaba. Mis padres me asistieron mucho, también para los pasajes para ir a entrenar”.
El fútbol. “Me dio todo, gracias a este deporte soy lo que soy y tengo lo poco que tengo. Aprendí a disciplinarme, a ser personas. Uno conoce muchas cosas, países, cultura, el ser futbolista es lo máximo”, indicó el volante que tuvo su máximo nivel “en Cerro Porteño, donde toqué techo como se dice, fue el tope de mi rendimiento”.
Los técnicos que lo marcaron. “En realidad todos, porque de cada uno se sacan cosas, pero del que más aprendí, me sentí cómodo, más suelto, con confianza, fue de Costas. También del ‘Tata’ (Gerardo Martino), un sabio del fútbol. Tuve grandes profesores, Carlos Báez, Mario Jacquet, entre otros”.
Tuvo el privilegio de jugar al lado de grandes futbolistas. “En Cerro, Virgilio Ferreira, Guido Alvarenga, ‘Tigre’ Ramírez, que son verdaderos ídolos del club”.
Su comida preferida “es milanesa, pero también asado, pescado a la parrilla, con los amigos”. Y para acompañar: “cerveza o whisky, para compartir”, dependiendo de la situación, porque existen diferencias. “No es como antes, es bien diferente. Como jugador tenés todo, y ahora, perfil bajo nomás, no se atropella, se gasta solo lo necesario, hay que calcular, cuando uno es padre lleva una vida distinta”.
Normalmente reside en Asunción, “pero ahora con la pandemia vinimos por Areguá, para escaparnos un poco del peligro”, por más que no exista seguridad de contagio del coronavirus en ningún sitio del mundo.
Para el cierre, una anécdota. “Estábamos en Jaguares con Sasá (Santiago Salcedo) y nos fuimos a una pretemporada, para animar amistosos, a los Estados Unidos”. Hasta ahí todo bien. “Cuando íbamos a retornar a México nos dijeron que teníamos pasaporte vencido, un problema de la visa”. Todos los demás integrantes del plantel pasaban de fino los controles, menos los paraguayos.
“Queríamos venir demasiado a nuestro país, porque llevábamos meses afuera. El presidente Ramón Marato nos dijo que nos quedáramos tranquilos, que iba a solucionar todo y gastó un montón por nuestra documentación”.
La idea era ir a Guatemala, cruzar la frontera de manera clandestina. “Pasar en forma mau era el tema y si la policía nos agarraba en la carretera, se armaba un lío. Entonces el ‘presi’ alquiló un helicóptero que no podía bajar por el polvo intenso. Entonces tuvimos que ir por otro lugar, en una zona montañosa”.
“Lo más cerca que nos podía dejar el piloto era a cuatro, cinco metros de distancia del suelo”, por lo que tenían que saltar. Los deportistas hicieron el descenso de manera impecable, con vuelta carnero incluida. El problema se presentaba con el dirigente, un hombre de avanzada edad, quien luego de tomar coraje, se lanzó. Se imponía una inmediata asistencia a la máxima autoridad del club de Chiapas ante los golpes, pero tanto Walter como Sasá empezaron a reír por la peculiar manera de arrojarse. Al exitoso empresario lo vieron “shalái”, desplomado en el piso.
